Publicado Actualizado domingo , 10-1-2010 a las 17:28:00
«Al principio, no me dio una impresión tan mala. Es un chico joven; pero no se le ve un español normal. Sé que es delincuente y consume drogas». Quien habla, Teresa, colombiana de 36 años y camarera en un bar de copas, define así a su «marido», entre comillas. Y no porque no esté casada con él, que aún lo está. Sino porque pagó 10.000 euros para conseguir el enlace, por lo civil y en un juzgado de Torrelodones, a la famosa «Claudia», su compatriota que encabezaba la red desmantelada en octubre en la «operación Escarlata».
«Contacté con ella -narra para ABC- cuando llevaba un año en España y no sabía nada sobre el arraigo. Entre mis amistades colombianas empecé a saber cómo conseguir un contacto. Y me dieron el teléfono de Claudia». Esta mujer, que se hacía pasar por abogada y tenía una gestoría en Carabanchel, le pidió 10.000 euros. «Ella se encargaba de buscar al español y metía los papeles en el registro», cuenta Teresa. Tres meses después, nuestra interlocutora consiguió reunir cerca de 4.000 euros. El resto se lo daría al final, el mismo día de la boda. Y en la mesa de un bar de la zona de Pradillo conoció al que sería su esposo.
«Claudia nos hizo anotar todos los datos del otro en un papel, para que nos los supiéramos. Al mes y medio me llamó: ya había fecha para el matrimonio, pero yo debía comprar el traje de novio de mi marido y los anillos, o entregarle a ella 250 euros. Hice lo segundo». No tuvo que pagar 200 más por los testigos, porque Teresa consiguió a dos amigos para ese papel.
Del piso de Carabanchel de Claudia salieron hacia Torrelodones (la localidad contabilizó 272 matrimonios en todo 2008), en su coche, aunque la delincuente no acudió. «Me arreglé lo más posible, pero no de blanco. Ni siquiera vi los anillos. La boda, a mi parecer, era muy notoriamente falsa, porque fue todo muy seco. El beso...», explica, acompañando esta parte el relato con un gesto de asco.
De allí les recogieron en coche, y a casa de Claudia. «Le llevé los otros 7.000 euros. Cinco mil me los mandaron prestados desde Colombia. Se los di en mano. Al cabo de uno o dos meses, fui a recoger la tarjeta de residencia, para no levantar sospechas».
Pero la pesadilla no hacía más que empezar. Una vez casados, su marido supo dónde trabajaba. «Empezó a hostigarme, pidiéndome dinero. Me dijo que Claudia no le había dado los 3.000 euros completos de una vez, sino poco a poco. Venía a amenazarme, acompañado de su verdadera mujer, con la que estaba casado por el rito gitano. Me exigía cantidades de 500, 800 euros...», narra.
Teresa estuvo pagando hasta el año que acaba de terminar el dinero que le habían prestado. «Una vez le di 200 euros, otra 300... Y la última, aprovechando que acababa de cobrar mi paga extra, me pidió 800, pero me negué. Entonces -añade-, me amenazó con ir a la Policía a contarlo todo. Y su mujer me quería pegar. Yo les dije: «Denúncienme si quieren»».
Desesperada, Teresa dijo que prefería separarse a seguir soportando ese infierno. «Para mí era mejor hasta perder los papeles. La Administración no nos hizo seguimiento alguno. Ni siquiera vivíamos juntos. Tampoco firmé separación de bienes», explica. Ahora, asegura, ve las consecuencias del embrollo en el que se metió. Pero afirma: «Sí, volvería a hacerlo. Si no me tocara con un marido así... Dormía cuatro horas al día para poder pagar todo. Nunca piensas que vas a hacer algo así, lo ves como algo irreal».
Llaveros como alianzas
El caso de Teresa no es, ni de lejos, el único. Un compatriota suyo explica que le abrieron un decreto de expulsión de España. Y, entonces, se casó. Cuando abonó a la red de Claudia los segundos 5.000 euros, solicitó la tarjeta de residencia. No le contestaron. El problema, claro está, era la orden de extradición. Acudió a un abogado. Después a otro. Le hicieron tan mal los recursos, que los perdió. Había conocido a Claudia en un local de salsa.
El caso de los nigerianos es diferente. Ellos, cuando se casan por conveniencia, montan toda una parafernalia. Hasta organizan un gran convite y se hacen un álbum de fotos y graban la ceremonia y la celebración. Todo, con tal de que no les pillen. Otros casos, cuenta un experto policial, son más chuscos: hay quien se casa con alianzas que no son más que anillos comprados en una tienda de chinos o, incluso, los aros de un llavero. La cuestión es pasar el mal rato de la boda lo antes posible.
La imagen que puede quedar de una pequeña parte de la inmigración que llega a nuestro país es mala en casos como éstos. No hay que olvidar que hay tantos españoles como extranjeros, que se benefician de todo este tinglado. El ejemplo es un vecino de Lavapiés: se ha casado nueve veces, de las que ocho fueron por conveniencia, muchas de ellas con mujeres asiáticas. Acabó en la cárcel por falsedad documental, tráfico de personas y explotación. Estaba «conchabado» con un juez de paz.
Jóvenes con prostitutas
Aunque hay pocos casos de gente que haya sido realmente engañada, sí se cuentan los de algunos jóvenes españoles que se llegan a enamorar de prostitutas en clubes de alterne. Al principio, las chicas buscaban cartas de invitación; luego comenzaba el juego más importante, el matrimonio, para los papeles, para regularizar la situación en el país... En estos casos, gratis: sólo por «amor».

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