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Actualizado Miércoles , 10-02-10 a las 12 : 02
“¿Publicó tu periódico las caricaturas del Profeta?”. Mohamed Al Baidani recibe al periodista extranjero con amabilidad, pero antes de ofrecerle asiento y té quiere una respuesta afirmativa. Director del Centro Dawa, una de las escuelas salafistas –el movimiento reformista islámico que busca la vuelta a los tiempos del profeta- más importantes de Yemen, diferencia entre la actividad de Al Qaida en Afganistán o Irak y su papel en Yemen, “donde en ningún caso está justificada la yihad porque no tenemos tropas invasoras, es haram (pecado)”.
Al Qaida en la Península Arábiga (AQPA) ha situado a Yemen en la primera plana internacional con sus recientes amenazas a las embajadas occidentales en Saná y las conexiones que han salido a la luz entre uno de sus cabecillas y el joven nigeriano que intentó volar un avión de la compañía Delta con destino Detroit.
Los religiosos salafistas tratan de minimizar la importancia que el grupo terrorista tiene en suelo yemení. Lo mismo ocurre con analistas, diplomáticos y expertos sobre yihadismo que consideran que “se ha sobredimensionado el tema. Hay presencia de Al Qaida, pero no es tanta como pensáis los occidentales”, asegura Sadám Al Asmouri, que lleva nueve años cubriendo el auge de los grupos salafistas radicales en su país. Fuentes diplomáticas consultadas señalan incluso que “la cosa está ahora mejor que hace un año porque se ha producido una confluencia de intereses entre el Gobierno y Estados Unidos y de ser algo que parecía exterior a Yemen, en el momento que el grupo terrorista ha desafiado al poder central se ha convertido en objetivo prioritario. Ahora se lucha de verdad”.
El trabajo se le multiplica al Gobierno de Alí Abdulá Saleh que mantiene tres frentes militares abiertos. Al norte la sexta rebelión de los Houthis, la guerrilla de los zeidíes -la minoría chií-, al sur protestas y altercados causados por grupos que piden la secesión y al sureste la nueva amenaza, Al Qaida de la Península Arábiga, que se ha hecho fuerte en las provincias de Maareb y Shabwah. A esto hay que añadir el factor desestabilizador que supone la constante emigración que llega desde África, 165.000 personas en 2009, y que ha obligado a reforzar la vigilancia por la posible infiltración de milicianos del grupo fundamentalista Al Shahab entre los refugiados somalíes.
Sin dinero para las tribus
El éxito de Al Qaida ha consistido en saber ganarse el favor de los líderes tribales, “se ha acabado el dinero, el Gobierno no puede pagar por la fidelidad de las tribus y los líderes ganan dinero a base de extorsión, secuestros o nuevos acuerdos con grupos como Al Qaida”, señala Nadia Abdulaziz Al-Sakkaf, directora del Yemen Times. Una consecuencia lógica en un país donde “el estado es como una tribu, y cada tribu como un estado”, según reza un dicho popular que se plasma en las dificultades que tiene el Ejército para lanzar ofensivas en determinadas zonas ya que para los soldados, como para todos los yemeníes, lo primero es la lealtad a la tribu y por ello son frecuentes las deserciones.
Los expertos aseguran que el petróleo yemení se agotará en 2017 y la producción actual de 300.000 barriles de crudo al día no puede hacer frente a los gastos de la guerra. Arabia Saudí vio invadido su territorio por milicianos Houthis el pasado diciembre y desde entonces, además de ataques aéreos, apoya económicamente al presidente Saleh para acabar con unos rebeldes que justifican su lucha con la defensa de la libertad de credo, son chiíes frente a la mayoría suní tanto en Yemen como en Arabia Saudí. El carácter chií de la milicia, a la que sus integrantes comparan con el Hizbolá libanés, ha hecho que se acuse a Irán de prestarle apoyo militar con el objetivo de consolidar un estado chií en plena Península Arábiga, pero estas acusaciones no han podido ser probadas hasta el momento. Se trata de una guerra ciega ya que las autoridades mantienen bloqueada la zona y resulta imposible saber realmente lo que ocurre en una parte del país en la que desde el pasado agosto ha habido 50.000 desplazados, según Naciones Unidas.
Sur de Yemen, el gran olvidado
Tras el atentado frustrado del joven nigeriano que recibió formación yihadista en Yemen, Washington apostó también por reforzar su apoyo económico al Gobierno para financiar la guerra contra el terrorismo y prometió ayudas por valor de 140 millones de dólares. El gran olvidado sigue siendo el sur de Yemen, esas provincias que hasta la unificación en 1990 formaban la República Democrática Popular y que, pese a que allí se encuntran las grandes riquezas del país, protestan por el olvido que sufren del Gobierno de Saná, un olvido acrecentado por la falta de liquidez. Los grupos políticos moderados del sur piden inversiones y la incorporación de sus hombres al Ejército nacional, pero el sector más radical, liderado por Tariq Al Fadhli, un veterano de la yihad afgana, habla de partición.
“Lo difícil es imposible saber es si el Gobierno destinará estas ayudas internacionales a luchar contra Al Qaida o a resolver sus problemas internos. Lo que parece lógico es que cuanto mayor parezca la amenaza, mayores serán las ayudas extranjeras en el país”, concluye un diplomático consultado que, como la mayor parte de la comunidad internacional en el país, reside en la burbuja que supone Saná. La capital está en calma, pero el nuevo frente que ha marcado Al Qaida se encuentra a menos de doscientos kilómetros.
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