
arte, sobrevivir, bajo, cero
Publicado Actualizado lunes , 4-1-2010 a las 09:12:29
En Calamocha, Teruel, dicen que llegaron a - 30. Pero no lo pueden demostrar... En Molina de Aragón tuvimos 28,2º bajo cero el 28 de enero de 1952. ¡Récord absoluto en España!», dice con indisimulado orgullo Juan José Martín, encargado hasta el pasado año de la estación meteorológica de esta localidad del norte de Guadalajara. Martín sostiene entre sus manos la prueba definitiva: el cuadernillo de tapas verdosas donde su antecesor anotó, a plumilla y con letra picuda, tan gélido hito. Martín, y sus convecinos, destilan satisfacción cada vez que se les recuerda que Molina de Aragón es «el frigorífico de España».
«Mire, usted se equivoca de época. Viene a Molina cuando el frío no lo quiere nadie. Pruebe a volver a finales de julio, cuando se puede salir a las diez de la noche con un jersey, que no estorba, y dormir a pierna suelta tapadito con una manta». Conrado Martínez es un tipo afable y socarrón que responde al mote de «El Relojero». «Por aquí decimos que lo que es bueno para los jamones, es sano para los pulmones, je, je, je».
Juan José Martín nos acompaña por el Paseo de la Alameda hasta las piscinas municipales. Allí, en un lateral, tiene su tesoro: la estación meteorológica con su blanca garita para los termómetros donde, día tras día, se registran las temperaturas en esta Siberia castellana.
El lugar aparece abandonado, vencido por la erosión del tiempo y las malas hierbas, desde que la Agencia Estatal de Meteorología decidiera prescindir de este apasionado voluntario. Los datos que ahora recogen los diarios provienen de una estación automática. Sin ir más lejos, Molina de Aragón alcanzó el pasado domingo -11,5º.
Datos. Fríos datos. Nada que ver con el sabio Martín. Este conserje jubilado ha trazado en su magín el patrón del frío de Molina. «Estamos entre las sierras de Aragoncillo, Albarracín y Caldereros. A 1.056 metros de altitud sobre el nivel del mar. Aquí, las temperaturas más bajas se dan cuando un chubasco de nieve cubre el suelo. Unos doce o quince centímetros. En esas condiciones la tierra no emite calor por la noche. Con cielos despejados y un punto de rocío negativo, llegamos a las mínimas. Siempre con el orto, al amanecer: el 24 de diciembre de 2001 yo anoté 24 grados bajo cero. La máxima de ese día no pasó de los -7,4º», desvela.
Pero hay más. Molina de Aragón guarda tesoros entre las tiritonas. En un solo día, el 8 de febrero de 1981, la capital del antiguo señorío de Molina pasó de los 19,2º de máxima a una mínima de 10,2º grados bajo cero. «El récord Guiness en España de amplitud térmica», se esponja Juan José Martín, bien envuelto, claro, en un forro polar y en un eficiente cortavientos de «North Face».
Molina de Aragón, antigua capital del señorío del mismo nombre, se encuentra en la esquina de Castilla-La Mancha, en un enclave rodeado por Soria, Zaragoza, Teruel y Cuenca. En lo geográfico, Molina viene a ser como el pasillo de una casa atravesada por todas las corrientes.
Casi como en los Cárpatos
Como recuerda «El Relojero», ahora estamos en plena Celtiberia, una tierra fría y despoblada por la emigración en los 60. Hasta entonces aquí se vivía del ganado, del lino y del cáñamo textil empleado para las suelas de las alpargatas. El petróleo acabó con aquellas industrias. Aunque el frío, dicen también, en Molina, no es lo que era. «Cuando yo era crío, cada invierno caían cinco o seis nevadas que se iban con blandura, lentamente. Ahora la nieve se va con los soles y tenemos que ir por la calle currusqueando, pisando la nieve helada»,
Las gentes de la hermosa Molina son amables con el forastero. Muy amables. Camina por la calle Capitán Arenas y observa un comercio, Codihersa, cobijado en la antigua iglesia de San Miguel. Todo un lateral del local, lo que debió ser el altar mayor, aparece repleto de hogares y estufas de leña. Hombre, alguien que le saca partido a esto del frío. Le atienden Ángel Herranz (81 años) y su hijo, de igual nombre, conocidos como «Los Leandretes». A la charla se suma Luis Juana. «La parte de Peñalera, un pueblo de esta comarca, es más fría que Molina. Eso es matemático», asegura.
Los hombres se ponen a recordar. Hablan del año en que vino «el famoso Amestoy» y del terrible 52, cuando se heló el Tajo y un chico, «un atrevido», se lanzó a cruzarlo sobre un Jeep. No se ponen de acuerdo sobre lo que le pasó a aquel temerario.
Cruza luego el hermoso puente románico (del siglo XIII) sobre el río Gallo. Hace frío, aunque no es para tanto. Busca una señal. Y la recibe. Por la calle se cruza con una mujer cubierta de los pies a la cabeza con un abrigo negro. De la capucha con piel asoma una cara de rubicundos mofletes. Se llama Lumi Suica y es de Volcea, en los Cárpatos rumanos. «Allí hace mucho más frío que en Molina. Puede ser que, alguna noche, haya pasado un poco de frío. Pero no mucho», se ríe.
«Es que aquí el frío es muy secuzo y se lleva bien. Yo tengo pasado más frío en Alicante que en Molina. Estamos acostumbrados a trabajar con diez o doce grados bajo cero como si nada», confía en el restaurante «San Francisco»Jesús Abad Berlanga. Él y su chico Roberto son albañiles y cazadores y están hechos por la costumbre a las ráfagas terribles de la amanecida. Pero por si acaso y para ayudar Jesús se anima con una copita de whisky.
En la calle, bajo la lluvia helada, el visitante charla con María de la Hoz Sanz, estudiante de Turismo en Guadalajara y vocalista del conjunto «La ceja de Blas», quien se propone escribir una canción sobre el frío. María de la Hoz va forrada, eso sí, y calza botas de montaña. «Con botejas finas, aquí te pasmas».
Huele a humo de hogar. Los molineses queman madera de carrasca y de sabina para templar los cuerpos en las casas de gruesos muros de piedra. ¿Usarán algún otro método para entrar en calor?
«¿Natalidad elevada en Molina? Nooooooooo. Somos una población envejecida. La densidad es de dos habitantes por kilómetro cuadrado».
En la Oficina de Turismo, que atiende Yolanda Asensio, se arma el forastero de planos de la «muy noble y heroica en grado eminentísimo» ciudad de Molina, título otorgado en 1812 por las Cortes de Cádiz y recibe la indicación de visitar Peralejos de las Truchas, en la frontera con Cuenca, lugar gélido también, y hermoso enclave del Parque Natural del Alto Aragón.
La carretera es terrible y recorre bosques torturados por el fuego y por un clima que rompe las piedras. El visitante se dirige a la escuela. Hay nueve críos de edades varias, tres maestras, un ordenador, una televisión de plasma y una maleta negra que llaman la biblioteca volante. Los niños gastan botas de pre-esquí y monos de nieve. «Están deseando que lleguen las nevadas», apunta Cristina Linares. «¡Hay hielo para patinar!», gritan a coro.
«La mínima en Peralejos de las Truchas es de menos 20,5º. Pero sólo lo medimos desde 1996. En Orea, que está a 1.500 metros, tuvieron menos 27º», apunta Abel Moreno, profesor de Matemáticas en el instituto de Molina y encargado de la estación.


