Publicado Actualizado lunes , 4-1-2010 a las 02:50:18
JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN
Mientras iba y venía de Hollywood, en el hemistiquio entre los dos viajes que realizó a la Meca del Cine, Enrique Jardiel Poncela escribió y estrenó esta divertidísima parodia que tuvo en 1935 su versión cinematográfica norteamericana en castellano, destinada al mercado de habla hispana. «Angelina o el honor de un brigadier», que el autor retitularía «Angelina o un drama en 1880», es ciertamente una parodia escrita en octosílabos, pero va bastante más allá; supera en hondura el astracán de «La venganza de don Mendo», por poner un ejemplo, y se instala en un territorio en el que la carcajada no está reñida con un cúmulo de cultas referencias literarias -Calderón, Shakespeare, Zorrilla, Valle-Inclán- ni con la reflexión un tanto desencantada sobre el ser de España. En el plano paródico, es transparente la chufla dirigida al teatro enconsertado y grandilocuente de Echegaray y otros artefactos posrománticos en los que el concepto de honor calderoniano degeneró hasta lo ridículo, algo tremendo y aparatoso pero con la consistencia epidérmica de un folletín.
Esta comedia tan poco visitada es un espécimen insólito en el corpus jardielesco, que efectúa una relectura del donjuanismo a través de un dramón de amor, celos, honor, duelos a pistola y otros desbarres sentimentales orquestado por Germán, acaudalado galán un punto canalla que mantiene una relación con la esposa de un brigadier y, al tiempo, seduce a la hija de ambos, la Angelina del título. Valga como muestra del tono agudo y desenfadado de esta pieza la presentación que de sí mismo hace el conquistador: «Visto con gran elegancia, / consigo cuanto deseo / y soy un poquillo ateo..., / porque veraneo en Francia, / que, como deben saber, / es la patria de Voltaire». La acción se sitúa en plena Restauración, cuando el tobogán de la decadencia política empieza a asomarse al desaguadero estrepitoso del 98.
Juan Carlos Pérez de la Fuente ha volcado todo su entusiasmo y su sabiduría escénica en una puesta en escena primorosa, inteligente y de muy difícil sencillez, desde el prólogo en el que los personajes se presentan linterna en ristre, a la conclusión con el donjuán a bordo de un velocípedo. El director se luce también con una escenografía resuelta a base de telones pintados -la escena de la tapia del cementerio es magistral- y con los mil y un detalles ingeniosos que salpican la función, entre ellos la intencionada tapicería monárquica de sillas y sofás. Sobresaliente el vestuario de Artiñano y la interpretación, con un duelo de altura -aparte del que el argumento les obliga a mantener a pistoletazo limpio- entre el magnífico Germán de Jacobo Dicenta y el brigadier imponente en su tragedia grotesca que sirve Chete Lera. La Angelina de Carolina Lapausa, una delicia de astuta ñoñería, es estupenda, igual que lo están en sus papeles Luiz Perezagua, Zorión Eguileor, Soledad Mallol, Carmen Arévalo, Daniel Huarte y Paco Blázquez. Un montaje redondo.
TEATRO
Angelina o el honor de un brigadier
Autor: Enrique Jardiel Poncela. Dirección y escenografía: Juan Carlos Pérez de la Fuente. Vestuario: Javier Artiñano. Iluminación: J. Manuel Guerra. Intérpretes: Chete Lera, Jacobo Dicenta, Carolina Lapausa, Soledad Mallol, Luis Perezagua, Zorión Eguileor, Carmen Arévalo, Daniel Huarte, Paco Blázquez, Samuel Señas, Ana del Arco y Sara Rivero. Teatros del Canal. Madrid.

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