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Publicado Actualizado sábado , 2-1-2010 a las 02:59:53
DESPUÉS del añito canalla felizmente clausurado se puede considerar optimistas a los que esperan un 2010 malo a secas. La mayoría de las personas con un criterio razonable pronostican una evolución económica lenta y difícil, cargada de incertidumbres y problemas, aunque sólo los cenizos irredentos se atreven a negar que es probable que lo peor ya haya pasado. El voluntarista patológico de guardia ha insistido en hablar de recuperación porque no aprende de sus propios errores y sigue empeñado en confundir con sus deseos una realidad que ha renunciado a cambiar; aun así se leía una cosa en sus labios y otra en la mirada, porque mentir miente con desparpajo pero tonto no es. En todo caso, quienes tienen alguna clase de responsabilidad dirigente deberían ser conscientes de que los hechos son tozudos y no se pueden acomodar con retórica complaciente ni con arengas soflamáticas; en circunstancias como las actuales la gente es bastante capaz de evaluar por sí misma el curso de los acontecimientos y no va a comprar exageraciones que no constate a través de su propia experiencia.
En este sentido, fracasará quien no sepa interpretar la situación con una cierta vocación de objetividad, si es que en política resulta posible que alguien abandone el indeclinable sectarismo. El optimismo sin causa vale tan poco como la alarma sin sentido, porque el año será como fuere y no como la dirigencia pública trate de ahormarlo a la medida de sus prejuicios. Hasta ahora, el principal error que ha cometido el Gobierno, el que ha lastrado toda su deriva posterior en el último ejercicio, ha sido la contumaz, ofuscada negativa inicial a reconocer lo que para todos los demás era evidente: una crisis de gigantescas dimensiones imposibles de ocultar en un tranquilizador voluntarismo. Pero si el año nuevo apunta algunos síntomas de bonanza se equivocará igualmente quien trate de oscurecer adrede el panorama. Hasta ahora resultaba fácil la pintura de trazo grueso; la recesión era imparable, el desempleo crecía con una progresión devastadora y Zapatero exhibía ante el desastre una inopia irritante primero y una pasividad frívola después. Esa etapa de bruscos contrastes seguramente está a punto de concluir para dar paso a un horizonte de claroscuros ambiguos en el que van a ser imprescindibles los matices. La fineza.
Después de un 2009 de quiebra completa y de desencanto unívoco, el Veinte Diez, como dicen los anglosajones, contiene indicios de esperanza mezclados con elementos persistentes de severa preocupación, lo que configura un paisaje social refractario a las simplezas. Un liderazgo convincente será el que sepa identificar con precisión los tonos de esa perspectiva ambigua y modular respuestas eficaces sin hipérboles interesadas. Éste es un tiempo para los inteligentes en el que se puede estrellar cualquiera que intente pasarse de listo.
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