Este 2010 se presenta como una espiral de dificultades para el ocupante de la Casa Blanca, cuyo proceso de desgaste político culminará en las legislativas de noviembre

Barack Obama, ante tropas estadounidenses en una base coreana / REUTERS
Impulso en Afganistán
Con el refuerzo de más de 30.000 soldados, el Pentágono dispondrá el próximo verano de 100.000 militares en Afganistán. Un número comparable al fracasado despliegue realizado en su momento por la Unión Soviética y que permitirá a Estados Unidos la completa ironía de haber luchado en un cuarto de siglo una misma guerra pero en diferentes bandos.
La nueva estrategia de Obama pone el énfasis en buscar una salida, e incluye continuar la lucha contra la resucitada insurgencia talibán. Por lo menos para defender una docena de los principales centros de población afganos, más allá de Kabul y Kandahar.
También se realizará un masivo esfuerzo para entrenar, dotar y multiplicar el tamaño de las fuerzas de seguridad locales. Dentro de los planes de la Casa Blanca también figura un nuevo sistema de operaciones conjuntas entre sus fuerzas y las tropas afganas, que llegarán hasta a compartir bases, planificación y apoyo logístico. El coste de todo este sacrificio adicional se estima en 30.000 millones de dólares por año. Y habrá bastantes muertos.
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Miércoles
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La Casa Blanca, a pesar de todos los estereotipos de más o menos genial improvisación televisiva, es una aventura política medida casi hasta el último milímetro. Con ritmos marcados, calendarios inalterables, márgenes de maniobra limitados y oportunidades contadas que son el resultado de todo el genuino entramado institucional dictado por la bicentenaria Constitución de los Estados Unidos. Todo ello aderezado y matizado por un sistema presidencial que, en su modernidad, arranca con todo el ímpetu reformista y el protagonismo que Theodore Roosevelt, el vigésimo sexto presidente de la Unión, demostró al comienzo del siglo XX.
Con independencia de quién se sienta en el Despacho Oval de la Casa Blanca, tras la espectacular toma de posesión de cada mandatario y los cien primeros días de su luna de miel ejecutiva, la presidencia de Estados Unidos es realmente una carrera de ritmo trepidante durante los dos primeros años. Pero esa prueba contrarreloj tiende a perder fuelle con los comicios legislativos de mitad de mandato. Ya que la tradición electoral, demostrada una y otra vez por el gigante norteamericano, propende casi de forma sistemática al castigo de quien ostenta el poder, sobre todo en graves situaciones económicas.
El año 2010 se presenta como una cuesta cada vez más empinada para Barack Obama, escalada que culminará en las elecciones previstas para el 2 de noviembre. Una cita con las urnas en la que los estadounidenses renovarán todos los escaños de la Cámara de Representantes, un tercio del Senado y la gran mayoría de los puestos de gobernador. Existe bastante certeza entre la ciudadanía de que ese proceso propinará más de una significativa dentellada para el actual dominio que el Partido Demócrata ejerce en Washington.
Toda esta tesitura explica la insistencia de la Administración Obama por sacar adelante y materializar la mayor parte de sus prioridades de gobierno antes de llegar a noviembre de 2010, con el fin de evitar el obstáculo de una anticipada merma de escaños demócratas en el Congreso. Y el lastre de un inevitable desgaste político ilustrado, por ejemplo, en la recurrente encuesta Gallup, que empieza a colocar al presidente por debajo del simbólico listón de un cincuenta por ciento de aprobación popular.
El cierre de Guantánamo
Este año decisivo para el gobierno de Obama empezará necesariamente mal, con el incumplimiento de la promesa de cerrar la prisión extrajudicial de Guantánamo para el 22 de enero de 2010. Fue un error ponerle fecha. La Casa Blanca no ha sido capaz de dilucidar qué hacer con los 215 «combatientes ilegales» todavía en su poder, y de llegar a un necesario entendimiento con el Congreso. Sin poder rematar sus planes iniciales para repatriar o enviar a terceros países a casi la mitad de ellos. Además de procesar a una cuarentena de prisioneros en Estados Unidos, tanto en la jurisdicción civil como ante tribunales militares especiales. Con el resto destinados a quedar en privación de libertad con carácter indefinido. Lo que se ha dado en llamar el limbo jurídico de Guantánamo.
Junto a ese compromiso frustrado, Obama empezará este 2010 acompañado de crecientes indicios de debilidad en su política exterior. Sus primeras iniciativas diplomáticas han sido rechazadas de forma llamativa por Israel, China y Rusia. El intenso esfuerzo del presidente por conectar con Asia ha sido calificado como desastroso, empezando por la ridiculizada reverencia de Obama ante los emperadores de Japón. Mientras tanto, los aliados perciben que Washington tiene más detalles con sus enemigos que con sus amigos. Además, los tres meses invertidos para dilucidar la futura estrategia militar en Afganistán han alimentado reproches de indecisión, en lugar de fomentar una imagen reflexiva y menos visceral que la de su predecesor, George W. Bush.
Estas limitaciones de liderazgo internacional también tendrán su impacto en el proceso para forjar un nuevo consenso en la lucha contra el cambio climático, que la reciente cumbre de Copenhague pretendió impulsar. Ya que la Administración Obama, al carecer del respaldo del Congreso estadounidense, solamente ha sido capaz de plantear un tentativo recorte de sus nocivas emisiones de CO2 de tan sólo un 5,5 por ciento con respecto a los niveles registrados en 1990. En contraste con la reducción de al menos un 20 por ciento planteada por la Unión Europea, que aumentaría hasta un 30 por ciento si las demás naciones industrializadas están dispuestas a realizar esfuerzos suplementarios.
Estas diferencias complicarán todavía más la formulación, en el marco de la ONU, de un tratado efectivo para suceder al protocolo de Kyoto. Probablemente todo este trabajo quede para la cumbre prevista el año próximo en México.
En el terreno doméstico, todo hace indicar que el año 2010 seguirá trayendo malas noticias para la economía de Estados Unidos, con toda clase de pronósticos sobre una cierta recuperación del crecimiento, pero sin descenso apreciable en el paro, ya que la creación de empleo requiere de una etapa de crecimiento sostenido. Con una tasa de desempleo que apunta a subir más allá del 10 por ciento ya registrado oficialmente a finales de 2009. Lo que realmente significa que casi uno de cada cinco estadounidenses se encuentra sin trabajo o subempleado. Una situación desconocida desde 1929.
Este escenario multiplicará previsiblemente las presiones sobre la Administración Obama para acometer un esfuerzo adicional de creación de empleo. Con planes para comenzar el año con un segundo y millonario paquete de estímulo económico centrado en la lucha contra el paro.
Reactivación económica
Entre las ideas contempladas figuran más inversiones en infraestructuras, nuevas facilidades de crédito para las pequeñas empresas, incentivos adicionales para producir dentro de los Estados Unidos y la posibilidad de conceder subvenciones para evitar despidos. Aunque la Casa Blanca parece más inclinada hacia la adopción de medidas puntuales, en lugar de volver a repetir la inyección de 787.000 millones de dólares realizada en 2009, con limitado impacto en el frente de la creación de empleo.
El problema que empezará a materializarse en 2010 es el creciente peso de toda la deuda acumuladas por EE.UU., especialmente durante los dos últimos años: con un total de doce billones de dólares en números rojos, un déficit presupuestario previsto de 1,5 billones y pagos por intereses anuales que sobrepasan ya los 200.000 millones. Situación que en el año 2010 se convertirá en una tormenta fiscal perfecta, al coincidir una ingente cantidad de nueva deuda, préstamos a corto plazo que vencerán en meses, y tasas de interés que volverán a subir en cuanto la Reserva Federal considere superado el peor tramo de la actual crisis.
Este explosivo panorama presupuestario promete renovadas batallas políticas entre demócratas y republicanos sobre el tamaño y el papel del gobierno federal, el equilibrio entre impuestos y gasto público, sin olvidar el ingente reto de hacer posible la jubilación en masa de todo el «boom» de población registrado tras la Segunda Guerra Mundial. De la euforia del cambio y el «Yes, we can» —uno de los lemas que le aupó a la Presidencia—, EE.UU. tendrá que pasar en este año 2010 al «how much» —cuánto— de sus cuentas pendientes.


