Publicado Actualizado miércoles , 23-12-2009 a las 13:18:56
LOS periódicos vienen cargados de noticias y comentarios referidas al propósito necionalista de prohibir las corridas de toros en Cataluña. Podían haber sido más sinceros los promotores de la IPL, que es la Iniciativa Popular Legislativa que tal abolición pretende, y haber confesado que no están por defender al toro sino por atacar a España. Fueron 180.000 los firmantes a favor de la prohibición. Dato curioso a tener en cuenta: 180.000 fueron, poco más o menos, los catalanes, de entre los algo más de 700.000 convocados a emitir su voto en unas urnas de cartón piedra, los que se manifestaron a favor de la independencia de Cataluña el domingo 13 de este mes.
Casualidad o no, ahí está la coincidencia numérica entre independentistas y abolicionistas. Que vienen a ser los mismos. Para éstos no se trata tanto de prohibir las corridas de toros sino de erradicar de Cataluña una fiesta que es conocida como Nacional. De la nación española, siendo así que para ellos la nación es Cataluña como hasta el propio Montilla -siempre desafortunado e inoportuno- se ha encargado de decir en un nuevo alarde de manipulación histórica/histérica a propósito del falsario 650 aniversario de la Generalidad.
El mismo propósito que anima a los independentistas catalanes fue el que llevó a los dirigentes canarios que en 1991 aprobaron una ley que prohibía las corridas de toros en el Archipiélago, con el pretexto de impedir el sufrimiento de los animales... excepción hecha de los gallos de pelea que por aquella de la cosa ancestral y etnográfica quedaron excluidos de la taurina prohibición.
El promotor de la primera ley contra la Fiesta Nacional fue el presidente autonómico Lorenzo Olarte, un viejo zorro de la política que desde sus inicios en UCD acabó abrazando el credo nacionalista. Cambió de chaqueta con la misma facilidad con la que pasó de crítico taurino en sus años mozos a promover la ley que prohibía las corridas en las Islas. Una prohibición que se había convertido en innecesaria -de ahí la cosa antiespañola que rezumaba- puesto que ya hacia varios años que en las Islas Canarias no se celebraban corridas.
La plaza de toros de Gran Canaria, construida en los años sesenta aprovechando el boom turístico, estaba en ruinas y embargada, mientras que la de Santa Cruz de Tenerife se había reconvertido en escenario de actuaciones diversas y festivales musicales. El único vestigio taurino que sobrevivía fue un sobrero que estaba aburridísimo en sus corrales, más solo que la una, esperando en vano una corrida que ya nunca llegaría.
En Cataluña dicen los antitaurinos que su propósito es no causar daño a los animales. Falso. Allí el nacionalismo, perdón el necionalismo, ha identificado el toro con España y por eso mismo van contra él. En su fobia antiespañola hasta los toros de Osborne, que exhibían su inconfundible silueta en carreteras del Principado, acabaron todos abatidos uno tras otro, con las patas serradas o apuntillados a bombazo limpio, en acciones tan desquiciadas como aquellas en que los talibanes volaron los Budas Bamiyan.

