Publicado Actualizado martes , 22-12-2009 a las 05:45:28
SUELE decir Antonio Garrigues que en España se dan las gracias tarde y mal. Antonio Garrigues deja hoy la presidencia del Consejo España-Japón y, con ella, su impronta después de trece años de un liderazgo incansable, tenaz, imaginativo, lleno de ilusión, de optimismo y, sobre todo, repleto de buen sentido y de sensatez. Todos estos adjetivos se me vienen a la mente pensando en el propio Garrigues, porque ha proyectado su propia personalidad en dar un impulso a las relaciones con Japón, y por extensión, al apasionante mundo asiático, a la zona más vital y con más futuro del planeta. No pretenden estas líneas ser un homenaje. Es conocido que Garrigues huye de los homenajes como huye de las conferencias que, por él, tipificaría en el Código Penal. Quieren ser un agradecimiento que, de corazón, le quiero enviar como amigo agradecido, y no sólo desde mi puesto en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, que también podría. Porque Antonio Garrigues ha sido el primero en intentar que, como él mismo suele decir, España se desprenda de esa tortícolis histórica que, desde siempre, le ha obligado a mirar hacia el oeste. Hoy, el presente se encuentra en la cuenca del Pacífico y nuestra mirada hacia Oriente no es ni siquiera una alternativa. Es una obligación de futuro para España, para la creación de empleo, para la proyección del español y de lo español, para engancharnos a los nuevos vientos de la historia en ciencia, tecnología, investigación e innovación. Y sobre todo para asimilar unas culturas y unas civilizaciones milenarias que, sin duda, protagonizarán este siglo XXI que apenas ha comenzado. Garrigues ha hecho mucho por hacer calar en la sociedad española esta visión de futuro. Y lo ha hecho con esa curiosa mezcla de modestia y firmeza con que lo hace todo. Y yo he tenido la suerte de aprovechar su dinamismo. Pero he tenido más suerte aún de conocerle, como él dice también, pisando caminos con los zapatos llenos de humor, de cultura y de genialidad. Porque Garrigues, antes que abogado, es un artista, es un escritor, es un poeta, es un pintor, es un pensador como su admirado Ortega. Tengo una gran admiración hacia la persona de Antonio Garrigues por todo esto. Pero, quizá, lo que más le admiro es por tener tiempo. Machado, otro pensador, dijo que sin el tiempo, esa invención de Satanás, el mundo perdería la angustia de la espera, pero también el consuelo de la esperanza. Hoy casi nadie tiene tiempo, y así nos va, pero Garrigues sí lo tiene. Tiempo para las innumerables, literalmente innumerables actividades profesionales y personales a las que se dedica. Pero, más importante, tiempo para sus amigos. Como Serenpidity, esa princesa de Ceylán que encontraba cosas sin buscarlas, yo he tenido la fortuna de que los caminos de mi vida se hayan cruzado con los suyos. Por eso, y casi nada más que por eso, gracias, Antonio.

