Publicado Actualizado lunes , 21-12-2009 a las 03:38:53
Comprensiva, generosa, cómplice con los presos etarras; fría, distante con sus víctimas. Suplicante, pedigüeña hacia ETA, para que deje de matar; furibunda contra las Fuerzas de Seguridad del Estado por sus operaciones antiterroristas. Activa en la demanda de la autodeterminación; pasiva en la defensa de los proscritos por razón de su españolidad. Esta es la Iglesia contaminada por el nacionalismo de Setién y Uriarte que hereda el nuevo obispo de San Sebastián, José Ignacio Munilla.
Setién impidió que a las víctimas de ETA se les hiciera digno funeral con motivo del aniversario de su muerte. Justificaba su injustificable postura aduciendo que no quería que se «politizara un acto eminentemente religioso». También esgrimía que era una actitud que se aplicaba a todos los difuntos. Pero ocurría que en uno de estos casos el «difunto» era Gregorio Ordóñez, representante del pueblo que fue asesinado por defender unas ideas. Año tras año, la familia tuvo que peregrinar de templo en templo, cosechando desplantes hasta que al final algún buen cura samaritano acogía el funeral, con alto riesgo de ser excomulgado por la curia sabiniana.
Salvo rara excepción, Setién no oficiaba funerales de víctimas de ETA. Despachaba el trámite remitiendo al párroco de turno un folio con la homilía. Una de esas excepciones fue precisamente el funeral por Ordóñez. En su fría intervención, Setién ni tan siquiera nombró al político asesinado. En un programa de televisión se le preguntó, por sorpresa, si estaría dispuesto a oficiar honras fúnebres por un agente de las Fuerzas de Seguridad. Y el prelado desplegó todas sus artes malabares para decir, sin decirlo, que nunca lo haría: «Capaz creo que, por lo menos yo, soy desde ahora. Otra cosa es el juicio pastoral que yo me forme de una intervención de esa naturaleza. Y en relación con ese juicio, pues pienso que es mi responsabilidad la que me tiene que dictar si debo hacerlo o no, en atención a todas las repercusiones de un acto de esta naturaleza». ¡Máster a la cobardía!, porque desveló su pánico a herir la sensibilidad de batasunos, «borrokalaris» y demás maleantes.
Si el obispo de los «abertzales» cerraba las iglesias a las víctimas del terrorismo, las abría de par en par a los proetarras para que en ellas mantuvieran encierros y ayunos. Una habitáculo de la catedral donostiarra del Buen Pastor viene siendo base logística desde la que «Etxerat» diseña estrategias a favor de los reclusos y recibe solidaridades.
Setién visitó en la prisión de Martutene a Arnaldo Otegi. Sin embargo, en cierta ocasión en la que se trasladó al hospital Donostia para ver a algún conocido, pasó de largo por delante de la habitación en la que se se encontraba ingresada la joven Josune Villamudria, herida, al igual que otros tres de sus hermanos y su padre, en un atentado en el que murió su gemela. Debía tener prisa para ultimar algunas de sus pastorales a favor de una negociación, con cesiones políticas a ETA.Años más tarde, cuando se diriría a la Basílica de Santa María, quién sabe si para orar por los más «desfavorecidos» -«Kubati», Parot, «Ternera»...-, observó una concentración en la que se pedía la liberación de Aldaya, secuestrado por ETA, y cruzó a la cera de enfrente no fuera que los pacifistas reclamaran su presencia.

