Los intereses comunes y los contenciosos permanentes marcan unas relaciones entre los dos países, que pasan de repente del entendimiento al enfrentamiento

Actualizado
Martes
, 09-02-10 a las 17
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La relación entre vecinos suele pasar por momentos dulces y por otros más turbulentos. Si España estuviera donde está Suiza, todos nuestros vecinos serían democracias, pero como estamos donde estamos, la puerta del Sur nos da a Marruecos. Y allí se registran algunos avances democráticos, pero perviven aún estructuras quasifeudales, que, de cuando en cuando, se imponen a aquellos.
Lo cierto es que España puede decir como en la copla anónima: «Ni contigo ni si ti, tiene mis males remedio, contigo porque me matas, sin tí porque me muero». Debe convivir con Marruecos, con quien cada vez tiene —se quiera o no— una relación más estrecha.
Sin embargo, la manera de abordar esa convivencia ha sido diferente, según quién haya estado en el Gobierno en los últimos años. De las componendas de Felipe González, se pasó a la firmeza de José María Aznar hasta llegar, durante los cinco años y medio que José Luis Rodríguez Zapatero está al frente del Gobierno, a una política cuyo principal objetivo ha sido evitar cualquier conflicto con Rabat, aparcando los asuntos delicados o poniéndose claramente del lado marroquí en contenciosos como el Sáhara.
Aunque haya habido algunos resultados positivos, lo cierto es que Marruecos parece haber interpretado la postura del Ejecutivo, como un signo de debilidad de España. El número de marroquíes que viven en nuestro país se sitúa en torno a los 800.000, las inversiones españolas en Marruecos no hacen más que crecer y España se ha convertido en el segundo socio comercial de Rabat, sólo por detrás de Francia. A ello hay que añadir que la cooperación en la lucha contra el terrorismo de origen islamista es cada vez más importante.
En consecuencia, a España le interesa llevarse bien con Marruecos, pero —no se olvide— para los marroquíes también es importante una buena relación con su vecino español. Muchas de sus exportaciones agrícolas a Europa dependen de la buena voluntad de España y sus acuerdos pesqueros con los Veintisiete han sido ocasión de roces con España, que es uno de los principales beneficiarios de poder faenar en los caladeros marroquíes. Sin ir más lejos, Rabat se dispone a afrontar las discusiones para dar contenido a su Estatuto Avanzado con la UE, precisamente bajo el semestre de presidencia comunitaria española y hay voces que piden un frenazo en este asunto, si no se resuelve satisfactoriamente el caso Haidar.
La historia reciente de las relaciones entre los dos países muestra que no han sido nada fáciles y que han tenido muchos altibajos.
Felipe González consiguió establecer, no sin esfuerzo, y algún que otro incidente relacionado con la pesca, un marco de relación con Hassan II, que se plasmó en el Tratado de Amistad Cooperacion y Buena Vecindad suscrito en 1991, estableciendo la celebración anual de Reuniones de Alto Nivel. Además, en 1995, poco antes de dejar el poder logró el último acuerdo de pesca bilateral suscrito con Rabat.
Al llegar a la Moncloa, Aznar intentó el acercamiento a Hassan II, pero no llegaron a entenderse. El monarca alauí hizo un especial hincapié en sus conversaciones con el entonces jefe del Gobierno español en la cuestión de Ceuta y Melilla, por lo que la relación no resulto fácil.
Cuando en julio de 1999, falleció Hassan II, Aznar preparó concienzudamente una aproximación a su sucesor, Mohamed VI, confiando en un cambio en la manera de gobernar del nuevo monarca. Así, facilitó la realización por todo lo alto de una visita de Estado a España de Mohamed VI en septiembre del año 2000, aunque el Rey prefirió reducirla a lo estrictamente necesario.
Tensión en las relaciones Quizás fue el momento en que las relaciones comenzaron a tensarse, hasta acabar por estallar cuando, un año más tarde, Marruecos rompió las negociaciones para un acuerdo de pesca con la Unión Europea, del que estaban pendientes muchos barcos españoles. Aznar declaró entonces que aquello tendría consecuencias, asegurando que sería difícil que España pudiera repetir gestos como la condonación de la deuda o el apoyo al desarrollo de infraestructuras en Marruecos.
De una u otra manera, el Gobierno de Aznar comenzó a culpar a Marruecos del aumento del flujo de pateras con inmigrantes ilegales en dirección a España y a evidenciar un acercamiento progresivo a Argelia, el gran rival de Marruecos en el Magreb. Rabat se molestó por ello y, tomando como excusa que en el Parlamento de Andalucia se había celebrado un simulacro de referéndum sobre el Sáhara Occidental, llamó a consultas a su embajador el 27 de octubre de 2001. Se abrió así una crisis importante en las relaciones bilaterales, que tendría como colofón, meses más tarde —el 11 de julio de 2002— la invasión de Perejil por un grupo de gendarmes marroquíes.
Aznar no se anduvo con contemplaciones y seis días después había recuperado el islote, sin problemas. En ese tiempo, quedaron patentes dos cosas. Por un lado, la actitud obstruccionista de Francia, cuyo presidente, Jacques Chirac, lejos de apoyar a Aznar, se puso claramente del lado de Marruecos. Por otro, que la amistad de Aznar con Bush le sirivió para que Estados Unidos, a través del jefe de su diplomacia, Colin Powell, hiciera valer su ascendiente sobre Marruecos, con el fin de que no obstaculizara la vuelta a España de Perejil.
En ese marco, la llegada de Zapatero a La Moncloa fue acogida con enorme alivio por Mohamed VI, que ya le había recibido con todos los honores en plena crisis con el Gobierno español, en una visita que fue duramente criticada por el Gobierno español.
Abril de 2004: un antes y un despuésLo cierto es que las relaciones se encauzaron a partir de abril de 2004, entre otras razones porque Zapatero y su ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos se pusieron como máxima la de no causar el menor problema a Marruecos.
Sobre todo, el Ejecutivo, que se mostraba dispuesto a resolver «en seis meses», a base de diálogo el contenciso del Sáhara, que tenía treinta años de antigüedad, se puso de manera clara del lado marroquí. Apoyó las propuestas de Rabat y dio por enterrado el Plan Baker, precisamente, tras una cumbre con Argelia, algo bastante inoportuno, y que ha tenido efectos negativos en las relaciones con el otro coloso magrebí.
Además, ha evitado discutir asuntos que están desde hace mucho tiempo en litigio con Marruecos como las prospecciones petrolíferas en aguas próximas a Ceuta y Melilla o llegar a un acuerdo sobre la delimitación de aguas con Canarias. De igual modo, el Gobierno evita promover públicamente en la Unión Europea la concesión de un estatus especial en la UE similar al de las regiones ultraperiféricas para Ceuta y Melilla, porque Rabat puede interpretarlo como una manera de anclar aún más a las dos ciudades autónomas en España.
Las autoridades marroquíes, por su parte, acogieron de manera positiva la nueva actitud de España. Se ha podido ver en que los flujos de inmigración ilegal han disminudio sensiblemente y en que la cooperación en la lucha contra le terrorismo es más estrecha. Más aún, sin el nuevo clima hubiera sido difícil que se produjera en la forma en que se produjo la visita de los Reyes a las dos ciudades del Norte de África, en noviembre de 2007. Rabat se mostró muy moderado y se limitó a alentar unas protestas bastante testimoniales, lo mismo que testimonial y para consumo interno fue, de hecho, la retirada por una corta temporada de su embajador en Madrid.
En cualquier caso, a lo largo de estos años Marruecos no se ha esmerado precisamente en evitar contenciosos con España. Por ejemplo, cuando en 2005 se registraron graves incidentes por los asaltos masivos de inmigrantes a las vallas fronterizas de Ceuta y Melilla. Y, sobre todo, con el caso Aminatu Haidar, que ha provocado la crisis más seria en las relaciones entre Madrid y Rabat desde que gobierna Zapatero.


