Publicado Actualizado viernes , 18-12-2009 a las 02:55:18
LLEGA la hora de la verdad en la «cumbre del clima» que se celebra en Copenhague y hay indicios evidentes de que el encuentro, anunciado a bombo y platillo, concluirá con un gran fracaso. De momento, la actuación reiterada de militantes antisistema sitúa en el centro de la noticia las cargas policiales y no los debates de fondo. Determinadas posturas parecen irreconciliables, hasta el punto de que Copenhague podría convertirse en síntoma de la crisis de una determinada forma de entender el ecologismo. Existen buenas razones para cuidar el planeta y actuar de forma razonable en materia de energía y de uso racional de los recursos naturales. Sin embargo, cierto «fundamentalismo verde» amparado en una verdadera industria de la propaganda provoca serias sospechas acerca de las intenciones de algunos predicadores de la verdad oficial sobre la ecología. Para los radicales, la defensa de la naturaleza es una coartada para su eterno y estéril discurso en contra del capitalismo. A su vez, según los apóstoles de la corrección política, hay que apuntarse obligatoriamente a la lucha contra el cambio climático. Por fortuna existen millones de ciudadanos sensatos que respetan los bosques y las aguas y cuidan el medioambiente, pero que rechazan las imposiciones y desconfían de los catastrofismos.
Las cosas no van bien en la «cumbre del clima» aunque Zapatero insista en su discurso voluntarista, y aunque otros líderes europeos apelen a la responsabilidad de Estados Unidos y de China. Hay un exceso de propaganda, pero a la hora de la verdad la opinión pública internacional asiste perpleja a una especie de mercadeo entre posiciones incompatibles que hacen casi imposible alcanzar un acuerdo satisfactorio sobre la emisión de gases contaminantes. En este contexto, el ecologismo oficialista desvela sus puntos más débiles, ya que por mucha carga ideológica que ponga en el empeño no consigue resultados eficaces cuando están en juego grandes intereses económicos. Después de tanto hablar sobre cambio climático, Zapatero se muestra ahora incapaz de contribuir con criterios aceptables que ayuden a desbloquear una situación anquilosada. Tampoco la llegada del presidente estadounidense, Barack Obama, será la panacea de todos los males, porque nadie tiene una varita mágica para encontrar el punto de equilibrio entre intereses profundamente divergentes.

