Publicado Actualizado viernes , 18-12-2009 a las 02:46:56
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
No se necesitan más que unos pocos minutos, lo que se tarda en ver e intuir lo abismal del cuento de Maurice Sendak, para comprender que si hay algún cineasta capaz de derramarlo en una pantalla ése es Spike Jonze. El director de las mentalmente magulladas «Cómo ser John Malkovich» o «Adaptation» ha tenido que ir forzosamente al lugar donde viven los monstruos; y tal vez incluso haya regresado de allí.
En unas cuantas páginas de dibujos de trazo sencillo pero de imaginación ensortijada, y con apenas unas cuantas líneas de texto, Maurice Sendak despliega el mapa del territorio salvaje de la infancia, el lugar en el que el niño puede ser inpunemente un monstruo.
Spike Jonze no se lo piensa dos veces y mezcla: un niño de carne y hueso, Mark, impulsado por la incomprensión de su familia (madre y hermana) ante su ímpetu travieso y vándalo, encuentra el modo de llegar a ese lugar existente e inencontrable en el que habitan sus propios monstruos, unos gigantones salvajes, incontrolables y que convierten cualquier juego en un misil contra sí mismo o los que le rodean.
La sencillez del dibujo de Sendak encuentra su espejo en la puesta en escena de Jonze, que levanta de un modo manual la docena de páginas del libro como si hubiera tenido plastelina mágica. Y el grado de expresión y sentimiento -de contenerlo y transmitirlo- que consiguen los muñecazos, convierten en más surrealista y metafórico aún el contenido del cuento. Mark abandona enfadado su casa; llega, como Gulliver o como Alicia, a ese lugar imposible, lo exprime y nos lo muestra, y regresa a su casa dejándose los monstruos allí, en su recuerdo, en lo que es el primer paso al mundo adulto y al olvido de ese lugar de nunca jamás. Breve, rotundo, diez páginas, cien minutos de película, y ése es un pequeño problema, pues la fantasía del lugar da para todo ese tiempo, pero igual hubiera podido tomar algún atajo temporal. En vez de eso, Jonze engorda el dibujo con algún contexto familiar, con su aportación ética, con algún guiño...
En cualquier caso, minucias ante la suave elipsis perfecta de una «road movie»: vas de un modo y vuelves de otro. Un viaje que cualquier espectador adulto (otra duda es la edad oportuna para ver esta película) hizo alguna vez y ya lo olvidó. Aunque el olvido no le impedirá a nadie que pegue la nariz a ese territorio y huela los despojos tristes, solos, vulnerables e invulnerables y feroces de la isla de sus propios monstruos.

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