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Un país de políticos huérfanos
EFE Michelle Bachelet, después de votar ayer en Santiago. La presidenta es hija de un general de brigada muerto por el régimen militar
Eduardo Frei Ruiz-Tagle, Marco Enríquez-Ominami y hasta la presidenta, Michelle Bachelet, están unidos por una misma tragedia: los tres son huérfanos de padres asesinados por la dictadura de Pinochet (1973-1990).
El 5 de octubre de 1974, una lluvia de balas acabó con la vida de Miguel Enríquez. El secretario general del MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionario) se refugiaba en una casa de Santiago con un grupo de guerrilleros. Entre ellos, su mujer embarazada, Carmen Castillo. Su error fue no cumplir el protocolo de seguridad de la organización de resistencia al régimen de Augusto Pinochet: habían pasado más de diez meses en la misma vivienda de la calle Santa Fe, 725. Ese tiempo fue el que necesitó la temible DINA, la versión chilena de las SS, para localizar la guarida de los subversivos.
El informe Rettig, en honor al senador que presidió la comisión de investigación sobre violaciones a los derechos humanos, detalla la escena: «La casa fue rodeada por un nutrido contingente de agentes de seguridad. Se incluía una tanqueta y un helicóptero. Miguel Enríquez cayó en el enfrentamiento recibiendo, según el protocolo de la autopsia, diez impactos de bala que le causaron la muerte».
Enríquez, el líder natural del MIR, era un sujeto escurridizo para las fuerzas de seguridad. Su captura fue un trofeo para Pinochet. El guerrillero, cerebro del movimiento, estaba convencido de que sus días estaban contados. Poco antes de caer abatido le pidió a su ex mujer, la periodista Manuela Gumucio, que le trajera de París, donde estaban exiliados, a su pequeño hijo Marco, todavía un bebé, para despedirse. El reencuentro jamás se produjo.
El recurso del cineasta
Marco Enríquez-Ominami había salido de Chile con apenas tres meses. Inconformista y rebelde, MEO, siglas con las que se ha presentado y jugado en campaña, recurrió al cine para concretar el encuentro con Miguel Enríquez. El cineasta y político rescató imágenes de su padre de entrevistas televisadas y cambió al periodista por él mismo. De este modo, lo que la vida no le dio él lo inventó. La cinta, en blanco y negro, muestra el parecido entre padre e hijo.
Eduardo Frei sí pudo conocer y abrazar a su padre, el ex presidente que precedió en el cargo a Salvador Allende. Consumado el golpe de Pinochet, inicialmente aplaudido por buena parte de la población e incluso por Frei Montalva, el líder de la Democracia Cristiana pronto se colocó en la oposición. Los militares le miraban con recelo porque su figura crecía. Se estaba convirtiendo en un referente peligroso. En diciembre de 1981 entró por su propio pie en el Hospital de Santa María para una cirugía menor. Salió en un féretro el 22 de enero de 1982. Tenía 71 años.
Augusto Larraín, médico de la familia, denunció las extrañas causas de su muerte y, en privado, apuntó a una mano negra. «Mi opinión es que hubo una agente químico pero no puedo decir qué fue, quién lo puso o cómo... No había visto nunca esa lesión, no la he visto después y sólo la podía explicar por una irritación química local».
La semana pasada, el juez encargado del caso, Alejandro Madrid, confirmó que Frei había sido asesinado por envenenamiento, procesó y detuvo a media docena de personas y apuntó a «la cadena de mando» que estaba detrás del crimen. Los hijos de Pinochet salieron a defender la inocencia de su padre, el dictador que presumía de que «en Chile no se mueve una hoja sin que yo lo sepa». La muerte de Frei tiene todos los ingredientes de una novela policiaca. Veneno preparado en el Laboratorio de Guerra Bacteriológica del Ejército, autopsias paralelas mantenidas en secreto, extracción de órganos del cadáver y un chófer, Luis Becerra, convertido en espía y quizás su verdugo.
Sus compañeros de armas
La historia del general de brigada Alberto Bachelet es la de un hombre fiel a sus principios y su palabra. Masón, encarnación del verdadero espíritu castrense, se negó una y otra vez a participar en el golpe del 11 de septiembre de 1973. Ese mismo día fue detenido. Volvió a su casa y redactó su renuncia a las FF.AA. Tres días más tarde, sus propios compañeros de armas fueron a buscarle. Sufrió los suplicios del régimen y de nuevo fue liberado. La tercera detención fue definitiva. El martes 12 de marzo de 1974 le dijo al doctor Álvaro Yáñez, también preso político: «Me siento mal». Horas más tarde se le paró el corazón. Tenía 51 años.
Alberto Bachelet contó en una carta sus padecimientos: «Fui sometido a torturas durante treinta horas. Me quebraron por dentro... Me encontré con camaradas de las FACH a los que conocía desde hacía veinte años, alumnos míos, que me trataron como a un delincuente o como a un perro, oficiales a los cuales siempre ayudé, a los que siempre tendí la mano».
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