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Jueves , 10-12-09
Hace unos días daba cuenta en este periódico Enrique Serbeto de cómo en la reunión del Consejo de Asociación UE-Marruecos se había presentado, por su pistolas -porque no tenía ninguna obligación de estar allí- el secretario de Estado francés para Asuntos Europeos, Pierre Lellouche. Según explicó a la prensa, lo hizo para expresar el apoyo de Francia a «un muy, muy viejo amigo», en referencia a Marruecos, donde el 60 por ciento de las inversiones son francesas y donde están en marcha varios megacontratos muy sustanciosos para las empresas galas.
En condiciones normales, la actuación de Lellouche no tendría nada de particular, pero en pleno conflicto entre Madrid y Rabat por el «caso Haidar», la actitud de Francia no ha sentado nada bien en España. Claro que tampoco ha extrañado, porque cuando Marruecos está de por medio, los gobiernos franceses suelen tener pocos miramientos con el vecino español.
Recuérdese, por ejemplo, que Valery Giscard D´Estaing, antes de poner todas las trabas posibles al ingreso de España en la UE, apoyó de manera clara a Hassan II en su Marcha Verde sobre el Sáhara. O bien, que Jacques Chirac le advirtió a Aznar, nada más llegar a La Moncloa, que le apoyaría «en todo, menos en Marruecos». La promesa la cumplió con creces cuando, como cuenta con detalle Ignacio Cembrero en su libro «Vecinos Alejados», obstaculizó cualquier condena de la UE a la invasión marroquí de Perejil e, incluso, recomendó a Aznar que retirara sus barcos de la zona y entregara también Alhucemas, Vélez de la Gomera y hasta Ceuta y Melilla.
No es previsible que, pese a lo de Haidar, éste Gobierno se soliviante con Marruecos. Pero, si, por un casual, la docilidad de Zapatero se convierte en beligerancia, a Mohamed VI tiene la opción de darse una vuelta por Casablanca y recordar la frase que inmortalizó Humphrey Bogart: «Siempre nos quedará París».
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