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Miércoles , 09-12-09
ASISITÍ el lunes al comienzo de la temporada de ópera en La Scala de Milán... sin salir de Ontinyent. Gracias a las nuevas tecnologías, y al ingenio comercial y artístico de quien lo ha hecho posible, la hasta ahora exclusiva representación -y tanto, hasta 1.680 euros podía costar una localidad- ha podido ser seguida por miles y miles de aficionados en numerosas salas de cine de Europa y EE.UU., por unas horas reconvertidas en prolongación virtual del afamado templo operístico.
De acuerdo, no es lo mismo, pero no me negarán que no es todo un acierto (en el caso de Ontinyent el público correspondió con un llenó total en una de las salas de los multicines Yelmo), que te permite seguir una representación operística disfrutando de un excelente sonido y una no menos cuidada realización, metiéndonos en el mismo escenario gracias a unos planos cenitales de imposible contemplación si se está en siguiendo la representación en el propio teatro de La Scala.
La dirección -tan soberbia como espléndida- de Daniel Barenboim añadía un aliciente más a los muchos que ofrece Bizet y Milán. Añádase el acierto del director argentino al apostar por una mezzo soprano recién egresada de la propia academia de La Scala, Anita Rachvelishvili, para el papel protagonista de Carmen. Una apuesta personal de la que debe sentirse tan satisfecho como la propia artista que ha confesado sentirse «como si estuviera volando».
Cierto es que a la puesta en escena de esta «Carmen» le sobraron las pancartas que nos mostraban sendas fotos de toros recién apuntillados -justo cuando el torero Escamillo, rival en amores de don José, se exhibía sobre las tablas- que parecían elegidas por alguna liga antitaurina o la propia Peta, siglas que responde a la «People For The Ethical Tratment of Animals».
Melómanos y aficionados devotos de esta obra de Bizet deben quedar prevenidos de los problemas futuros que «Carmen» tendrá para poder representarse en España. Tal como van las cosas por aquí, que cualquier propuesta, por muy disparata que sea, pueda abrirse paso gracias a las propias iniciativas del Gobierno, o a las complicidades a las que presta decidido apoyo, como es el caso de la proposición no de ley presentada por ERC, de instar al Gobierno a retirar los crucifijos de todos los centros escolares (públicos y privados, como la propia gente de ERC se encargó de poner de manifiesto).
A «Carmen» le quedan dos telediarios a poco que la ministra de Igualdad, o cualquiera otro colego o colega ministerial, repare en la presencia de un crucifijo en varios pasajes de esta obra. Y nada digamos de la exaltación de la violencia de género que supone la propia ópera, en la que un despechado don José no duda en apuñalar a la protagonista, la gitana Carmen, una vez que ésta se reafirma en su amor por el torero Escamillo.
Eso, ya digo, si este Gobierno es coherente con su propio modo de hacer. Pero lo mismo a doña Sonsoles le dan un papel en el coro y por ahí «Carmen» se salva de la quema.
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