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Récord «okupa» en la región
De izquierda a derecha, residentes ilegales: José Luis, primero en llegar al edificio, Fernando, Diego, Horacio y Joan Manuel, un amigo que les ayuda a rehabilitar los pisos | SAN BERNARDO
Martes , 08-12-09
La ocupación total del edificio de 26 viviendas repartidas en los portales 6 y 8 de la calle de Neptuno de Majadahonda (66.585 habitantes) es el mayor asentamiento de residentes ilegales de toda la región en la actualidad. Los conocedores del movimiento «okupa» no lo dudan. «Tetuán y Estrecho son las zonas donde ahora mismo hay más personas ocupando casas dispersas deshabitadas. Más de cien en un mismo edificio no lo había en este momento», comenta una joven avezada en el entorno.
La ocupación ilegal de esta construcción tiene una peculiaridad: está habitada por familias, en su mayoría suramericanas -bolivianos, colombianos, dominicanos, rumanos y españoles- que pretenden hacer «una vida normal». Tanto es así, que los vecinos de los edificios colindantes respiran con mayor tranquilidad con su llegada, porque representó la marcha de otros conflictivos: «No dan ningún problema», dice un residente del edificio cercano.
Algunos sí les critican: «No me parece bien que estén gratis mientras yo pago un alquiler de 1.200 euros». Y los hay que sacan su lado positivo: «Por lo menos, mis hijos ya no ven desde su ventana a gente masturbándose o yonquis pinchándose», opina una vecina de un edificio paralelo.
Un piso por 40 euros
Este bloque fue construido hace más de ocho años por una sociedad privada. El Ayuntamiento denegó la cédula de habitabilidad, dadas las irregularidades que presentaba -exceso de altura e instalación eléctrica, fundamentalmente-. Desde hacía siete años hasta el pasado mes de septiembre, las viviendas eran frecuentadas por grupos minoritarios de toxicómanos que acudían a este lugar para administrarse sus dosis. El decorado que componía estas casas se resumía en excrementos humanos, jeringuillas usadas, mobiliario roto, pintadas grafiteras y pestilencia.
El pasado octubre, el escenario cambió de dueños y hábitos. José Luis Matos, un joven dominicano de 22 años, residente en la localidad desde hacía seis, puso el ojo en estos malogrados habitáculos. El motivo: «El paro y el nacimiento de mi hija». José Luis se lo comentó a algunos amigos que compartían la misma inestabilidad económica «y comenzamos a instalarnos».
Cuando José Luis y Miguel Ángel González, también de 22 años, llegaron a estos edificios, aún había drogadictos y marroquíes «delincuentes». «Les fuimos pagando entre 40 y 70 euros a cada uno, y se marcharon. Siempre por las buenas», aclara José Luis. Con esfuerzo y algo de dinero -unos 2.000 euros por piso-han rehabilitado cada vivienda. Raúl y Horacio son de los últimos en llegar y dedican una media de 12 horas al día a acondicionar su morada.
Luz con generadores
La filosofía de esta ilegal comunidad, donde viven entre tres y ocho personas por vivienda, es «ayudarse mutuamente y vivir como cualquier persona». Pero les falta algo fundamental: la electricidad y el agua. Se sirven de diez generadores eléctricos que les suponen un gasto diario de 10 euros en gasolina. El agua «la cogemos de fuentes o de de donde nos dejan», admite Diego, que cobra 420 euros de subsidio para mantener a su mujer y su hija.
Una de las principales preocupaciones de estos vecinos es la irrupción de gitanos en su recinto. «Vienen para robar o intentar quedarse con los pisos. Nos han llegado a ofrecer hasta 6.000 euros por una vivienda», comenta José Luis. Por esta razón, organizan turnos de seguridad de tres horas entre todos para evitar «visitas indeseadas».
Dispuestos a pagar
La mayor parte de estas personas vivían de alquiler en Majadahonda desde hacía años. Pagaban mensualidades de hasta 1.200 euros. Su mayor deseo ahora es llegar a un acuerdo con el Ayuntamiento para adquirir estos pisos «por una cuota razonable de 250 ó 300 euros», indica José Luis.
Su continuidad en España, sin trabajo, depende de permanecer bajo este techo. Son conscientes de su futuro derribo, pero se consuelan con el «desahogo» que, por ahora, la gratuidad les proporciona.
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