
Daniel, la pequeña Sofía y Virginia, literalmente tirados en el salón de su casa, rodeados de juguetes y muñecos de peluche | JAIME GARCÍA
Hace diecisiete años llegaron 18 niños del extranjero para ser adoptados; ahora la media es de 800
La adopción internacional crece; la nacional, baja. Es así, al menos, desde los últimos quince años. Desde 1995, el número de menores entregados para adopción nacional en la Comunidad madrileña no pasa de los 50 al año. Es más, durante la última década la cifra de recién nacidos abandonados en la comunidad o cuyas madres renuncian a ellos y, por tanto, son susceptibles de ser dados en adopción, ha experimentado un paulatino descenso. «La reducción progresiva del número de abandonos y posterior adopción no puede interpretarse más en sentido positivo porque esa disminución de niños adoptables supone un indicador de bienestar social», indican desde el Instituto Madrileño del Menor y la Familia. Desde el Gobierno regional se entiende que a esta situación contribuyen, y mucho, ciertos factores como que ya no se discrimine -salvo excepciones, claro está- a la madre soltera, además de la planificación familiar, políticas preventivas y, sobre todo, medidas de apoyo a la familia.
La reducción de posibilidades de adopción nacional y, en parte, por un complejo proceso social común a todos los países desarrollados de nuestro entorno, han hecho subir como la espuma la alternativa de la adopción internacional en Madrid: si en 1992 los niños procedentes de otros países fueron 18, durante los últimos años han llegado una media de 800 cada año.
Martes
, 08-12-09
Al nacer, en Vietnam, le pusieron «Thi», que significa «niña», a secas. Y de apellido «So», que viene a ser algo así como «procedente de la inclusa». Ahora se llama Sofía, nombre real donde los haya, de origen griego, que significa sabiduría. Tiene quince meses y ha colmado de felicidad el hogar de Daniel M. y Virgina S. Es el primer bebé de origen vietnamita que adopta una familia madrileña y en la Comunidad de Madrid. Han abierto las puertas de su casa a ABC y nos han dejado compartir una jornada con los tres.
«Es una niña muy deseada», dice el Daniel, el padre, con una sonrisa de oreja a oreja y sin perder de vista a la pequeña, que corretea de punta a punta del salón con una seguridad pasmosa. Sofía, no hay duda, ya tiene cogidas las medidas a su casa. Lleva pocos meses en ella; desde agosto pasado para ser exactos, pero domina cada centímetro cuadrado que da gusto. Al menos no la vemos ningún chichón. «Dios nos ha regalado una niña sana, alegre, cariñosa; un terremoto que nos da mucha vida y gran satisfacción». Otra vez Daniel, expresando lo más sincero de sus sentimientos.
«Una explosión»
Virginia no se queda atrás. «Nunca podré olvidar la primera vez que la vi. Fue maravilloso cogerla, abrazarla, olerla... Dí rienda suelta a todos mis sentimientos y a todas mis sensaciones».
«Fue -añade la madre- como una explosión. Supongo que eso será lo que sienten las madres biológicas cuando ven nacer a sus hijos, en el paritorio. Ese primer encuentro. Ese primer contacto. En fin, poner cara a tu niña.Ver que es real. Que, como en nuestro caso, ya no era una fotografía que nos habían mandado. Era ella. Allí. Con nosotros. No se puede expresar con palabras».
A Virginia parece que le han dado cuerda. Cuenta y no para. «Esa primera vez fue muy especial. Quería sentir todo. Quise grabar mentalmente lo que ocurría a mi alrededor. Disfrutar del momento. Sentir los pasos de quien traía a la niña, a mi hija; las personas que nos rodeaban, el lugar, el ambiente, los olores y la luz de ese día. Todas, toditas esas sensaciones eran las que yo quería atrapar y pegar a mi memoria».
Primer intento
Y Daniel mete baza: «No hace falta ser padres biológicos para sentir ese momento tan especial. Es verdad que ya nos habían mandado retratos de ella. Y nos la imaginamos mil veces. Pero cuando la tuvimos en nuestros brazos fue un cóctel de alegría, ternura y emoción». Daniel es argentino. Afincado desde hace muchos años en España, trabaja en el ámbito financiero. Virginia, madrileña, se mueve en Recursos Humanos. Está de baja por maternidad y se plantea pedir una excedencia en su trabajo para poder dedicar más tiempo a la pequeña Sofía.
Cuando Daniel y Virginia decidieron adoptar se decantaron por China. Era el año 2006. Había mucha demora. Entre cinco y seis años. Lejos de tirar la toalla, en enero de 2008 se ponen en contacto con la Consejería de Familia y Asuntos Sociales para saber qué posibilidades había en otro país. Se iba a abrir la «vía» de Vietnam. No lo dudaron.
Ceremonia de entrega
Thi So nació en 24 de agosto de 2008. A Daniel y a Virginia se la adjudicaron ocho meses después. En agosto de 2009, cuando la pequeña iba a cumplir su primer año, dejó de ser Thi So para convertirse en Sofía, el nombre elegido para ella por sus padres.
«Cuando nos la adjudicaron quisimos saber cómo era. Nos mandaron dos fotografías. Eran algo así como unas «ecografías» de nuestra niña. Pedimos informes médicos», explica Virginia. «Volamos a Vietnam -dice Daniel- el de 6 de agosto de este año. El 8 tuvimos la primera cita con ella. El día 10 era la «ceremonia» de entrega. Nervios a flor de piel».
Todo ocurrió en un orfanato de Hai-Duong, cerca de Hanoi. En el centro de niños se había formado un «comité popular». El escenario era lo más parecido a un juzgado. Había que oficializar la entrega, la adopción. «En realidad, para ellos era como un «consejo de sabios». Allí había representantes de lo que aquí sería Familia y Asuntos Sociales y, también, de Justicia», comenta la madre.
Motricidad perfecta
La Sofía que recibieron era una niña sana y pizpireta. «Muy estimulada y perfecta de motricidad», dice el padre. Cuentan que el orfanato es un centro con un educador para cada tres niños.
Desde aquel momento, Daniel y Virginia también dan sus primeros pasos como padres. «Uno no sabe bien qué hacer. Lo dejamos todo a la intuición y al cariño que la niña había despertado en nosotros. Sofía venía con el ritmo de los bebés y tomaba biberón cada tres horas».
«Vamos a repetir»
«A su edad, un año, había que ir cambiándolo. Pero se ha adaptado muy bien. Come y duerme que da gusto. Acaba de pasar una laringitis, la pobre. No es muy de siesta pero la noche la suele pasar de un tirón. Es una delicia de criatura », comenta Virginia.
Esta pareja conoce los orígenes de su hija «pero sólo los compartiremos con ella y cuando ella quiera».
Ya va siendo hora de irse.Una pena. Sofía no ha parado ni un momento. Lo suyo es jugar, incluidos el «boli» y la cámara del fotógrafo.
Nos despedimos de los tres. Felices. Han empezado a escribir, día a día, la historia de un hogar. La historia de una auténtica familia que ya piensan ampliar: «Vamos a repetir. Estamos decididos a adoptar otro hijo». Suerte.



