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Más de 190 países abren hoy en Copenhague una cumbre que aspira a cambiar la forma de vivir
De la revolución industrial a la verde
Puntos clave
Calentamiento global. Limitar el aumento de temperatura a 2 grados sobre el nivel preindustrial. Hasta ahora ha aumentado 0,7°C.
Reducción de emisiones. Es necesario reducir las emisiones de CO2 en un 25-40% para 2020 y un 50-80% para 2050.
Ayuda financiera. Que los países desarrollados ayuden a las naciones en desarrollo a limitar sus emisiones y lidiar con los impactos del cambio climático, así como facilitar el acceso a tecnologías limpias.
Países en desarrollo. Se les pide que se comprometan a limitar el crecimiento de sus emisiones entre un 15 y un 30% sobre lo que van a emitir en 2020.
Deforestación. Es responsable de una quinta parte de las emisiones. Se quieren fijar compensaciones a los países tropicales para que eviten la tala de sus masas forestales.
En las últimas semanas las perspectivas sobre la Cumbre de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP 15) que hoy comienza en Copenhague han pasado del fracaso al éxito y viceversa un día sí y otro también. Sin embargo, los movimientos realizados por Estados Unidos, primero, y China después han logrado revitalizar una negociación que daba muestras de agotamiento hace menos de un mes. El cambio de fecha de la visita de Obama a la Cumbre para coincidir así con el resto de jefes de Estado y de Gobierno insufla más aire al acuerdo.
No es una negociación fácil, pues se busca transformar la manera en que hasta ahora se ha movido el mundo, desde la generación de energía, la construcción de viviendas y ciudades o la configuración del paisaje, pero esto no puede ser excusa para no avanzar en la senda que Kioto marcó en 1997. El secretario ejecutivo de la Convención de la ONU para el Cambio Climático, Yvo de Boer, que desde hace años dirige con mano firme estas negociaciones, lo ve claro: «Hay demasiado en juego. No queda tiempo para maniobras técnicas ni para estrategias nacionales».
No más de 2 grados
El objetivo es que la temperatura global del planeta no aumente más de dos grados centígrados sobre el nivel preindustrial, si queremos evitar consecuencias que pueden ser desastrosas, según los científicos del Panel Intergubernamental del Cambio Climático (IPCC). Para ello, el IPCC considera que hay que reducir las emisiones contaminantes entre un 25 y un 40% para 2020 sobre el nivel de 1990, y entre un 50 y un 80% para mediados de siglo.
Según los datos de Naciones Unidas, en este momento los compromisos puestos sobre la mesa sólo suman una reducción de entre el 16 y 23% para 2020 sin contar la oferta de Estados Unidos. Si se incluye el objetivo anunciado por Barack Obama de reducir un 17% las emisiones sobre 2005, que sólo representa un 4% sobre el nivel de 1990, el resultado es desolador, pues estaríamos hablando de una reducción de las emisiones del conjunto de países industrializados de entre un 13 y un 17%. Por tanto, estamos aún muy lejos de lo que reclaman los científicos.
Y eso que ya ha habido algunos países que han aumentado su esfuerzo de reducción, como Japón, que pasó del 8% propuesto por la Administración anterior al 25% actual; o Noruega, que se ha desmarcado de la oferta de la Unión Europea de reducir las emisiones un 20% y ha aumentado su cuota unilateralmente al 40%.
Es cierto que el compromiso de Estados Unidos hasta la fecha «es claramente insuficiente», explica Mar Asunción, responsable de la campaña de cambio climático de WWF, pero ya ha cambiado en algo su postura, y China ha hecho una oferta que se encuentra dentro de lo marcado para los países emergentes en la hoja de ruta acordada en Bali hace dos años, que era limitar el crecimiento de sus emisiones entre un 15-30% en 2020. Por tanto, dice Asunción, «la Unión Europea tiene que mover ficha».
La propuesta de la Unión Europea es reducir un 20% sus emisiones en 2020, y aumentar esta cifra al 30% en el caso de que otros países hagan esfuerzos comparables. Para Asunción, estas «son las mismas cartas que hace un año», por lo que debe demostrar su liderazgo aumentando su obligación de reducción al 30% y que el condicional dependiendo de la actuación de los demás sea ya el 40%.
De la misma opinión es Rajendra Pachauri, presidente del IPCC, que hace unos días en Madrid aseguraba que «si ya hay países que están demostrando que se alejan de la actitud pasada (léase Estados Unidos y China), es muy importante que los demás países propongan objetivos más ambiciosos». Además, como explica Asunción, «éste es el mensaje que debe llegar a los inversores y productores». Y es que una vez que arranque la ya llamada revolución verde, «no va a ser posible seguir invirtiendo y produciendo como hasta ahora».
Ciudades concentradas
Los ecologistas dicen que la transformación debe ser comparable en escala a la revolución que supuso internet: más energía eólica, solar y también nuclear (esto último, sólo algunos); automóviles y transporte público eléctricos y movidos por biocombustibles (de segunda generación); ciudades concentradas para evitar los desplazamientos y una agricultura capaz de almacenar dióxido de carbono. Y todo debe empezar ya, pues las emisiones deben llegar a su pico máximo en 2015. Más tarde, estaremos en el límite del no retorno.
Gases de efecto invernadero, sí. Emisiones de carbono, también. De todo esto se hablará en Copenhague. Pero el acuerdo de lucha contra el cambio climático es, sobre todo, un compromiso económico, grandes cantidades de dinero que deben ponerse sobre la mesa si se pretende salir de la capital danesa con la satisfacción del trabajo bien hecho. Los países industrializados deberán donar 100.000 millones de dólares anuales para garantizar la adaptación al cambio climático de los países en desarrollo. A corto plazo, esa cifra ya ha sido rebajada a 10.000 millones de dólares por el propio secretario ejecutivo de la Convención del Cambio Climático, Yvo de Boer. Este dinero serviría para retribuir a países con recursos naturales, como Brasil y Tailandia, para proteger sus bosques, pues la deforestación provoca una quinta parte de las emisiones globales. O para que los países más vulnerables como las islas del Pacífico Sur se preparen para lo peor.
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