A José Pedro no le importa tanto la edad de jubilación como el hecho de poder tener un trabajo. Asume que las barreras nunca desaparecerán, pero cree que «hay que tener medios para superarlas»

Como cualquier otra persona de su edad, con 51 años y en plena madurez, José Pedro mira su jubilación en un horizonte muy lejano. Es periodista de la ONCE y tiene un grado de discapacidad del 87%, porque es ciego desde los 14 años. Su vasta experiencia -la de alguien que se ha abierto camino «buscándome la vida, y eso pasará siempre», reconoce-, no le deja perder la perspectiva de lo que verdaderamente resulta esencial para este colectivo. Está convencido de que «el trabajo es el elemento más importante para la integración social de las personas con discapacidad».
Aunque acoge de buen grado las medidas aprobadas por el Gobierno que adelantan la edad de jubilación para estos trabajadores -«pueden beneficiar a muchas personas», dice-, echa en falta iniciativas para fomentar el empleo entre el colectivo y ayudas a la accesibilidad. «No sólo se trata de adaptar un puesto de trabajo, sino algo tan básico como un ascensor o una rampa en un edificio. Pero, claro, resulta más costoso».
El esfuerzo que invierten estas personas en su día a día puede convertirse en una carrera de fondo según el tipo de discapacidad. Lo que va desgastando cada vez más. José Pedro reconoce que, en su caso, «no es por la cantidad de esfuerzo sino por los imprevistos». Una persona ciega conserva toda su movilidad, sin embargo un recorrido habitual por la ciudad para ir a trabajar se puede transformar en un camino repleto de obstáculos. «Motos atravesadas en las aceras, cubos de basura, charcos... Caminar con un bastón resulta estresante. Es tan sencillo que si se me cae un botón cuando me visto, invierto más tiempo en buscarlo que una persona que no es ciega. Y eso me puede retrasar mi entrada al trabajo. Pero si llevas toda la vida haciendo un esfuerzo, ya estás entrenado», sonríe.



