Viernes
, 04-12-09
E. RODRÍGUEZ MARCHANTE
El cine suele ser un viernes tras otro la nevera semivacía de un separado, por eso sorprende aún más abrir la puerta de esta curiosidad titulada «Garbo...» y ver una nevera rebosante, repleta de estanterías y productos de todo tipo, especialmente de ideas, de lenguaje, de cine y de sentido cinematográfico y del humor, de fantasía, de realidad y de engaño. Una nevera deslumbrante. Pocas veces coinciden en el mismo hemisferio una historia perfecta con un modo perfecto de ser contada; y mucho menos aún coinciden la realidad y la ficción en noble pugna por ponerse delante. El director, Edmon Roch, y también guionista junto a Isaki Lacuesta y María Hervera, maneja para levantar este documental (es un documental del mismo modo que un avión es un vehículo) tantos hilos como un marionetista, pero consigue que el «muñeco» se mueva con una gracia y naturalidad sorprendentes.
Primero: qué gran personaje, Garbo, el hombre que salvó al mundo, un espía que engañó al Tercer Reich sin apenas mover los pies del suelo, como José Tomás, y mantuvo al ejército de Hitler fijo y a la espera del desembarco aliado en Calais, hasta dos semanas después de haber desembarcado ya en Normandía.
Segundo: qué gran puesta en escena, digna de Houdini, con periodistas, escritores y abundante material de archivo fijando la imagen de Garbo, en realidad un catalán llamado Juan Pujol... Pero, ¿existió realmente Garbo y Juan Pujol o es todo fruto de la genialidad de los guionistas? Y la respuesta es un doble sí...
Tercero: qué gran idea que sea el propio cine quien nos cuente o nos sugiera la historia, mediante ese sistema infalible de escenas encadenadas de películas que hacen de contrapeso «ficticio» de todo el material arrancado de la realidad; «Patton», «Nuestro hombre en La Habana», «Mata Hari», «El extraño»... Es decir, un clima entre Hitchcock y Welles parcheado con entrevistas y material de archivo (credibilidad) y con escenas de dibujos animados y las aludidas del cine bélico, lo que desconcierta al espectador y lo deja sumido en una irresistible duda sobre la verosimilitud de esta historia que habla del mayor engaño del siglo.
Y el broche, finalmente, lo pone un increíble, inesperado e irresistible tono humorístico que se desprende, en medio de la tragedia, del mero hecho en sí del sarcasmo de que espiara para nazis y aliados alguien que ni sabía alemán, ni inglés, ni estaba en Londres...


