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Jueves , 03-12-09
LAS posiciones de concordia siempre son las más desfavorecidas cada vez que se forman las grandes polvaredas de la cuestión catalana. En realidad, ¿cuál es esa cuestión? Definirla es cada vez más ímprobo, si consideramos el alto grado de autonomía de Cataluña, sus competencias educativas -por ejemplo- y el ámbito de su política lingüística. En cada revés político catalán, fragores de muchos decibelios intervienen en la vida política de toda España. Mucho ruido, por lo general, y pocas voces.
No ha sido siempre así. Fue paradigmática la franqueza con que Unamuno y el poeta Joan Maragall hablaron de la cuestión. Ortega mantuvo una gran lucidez. Pla ha sido muy realista en sus consideraciones sobre Cataluña y España. Lo fue el historiador Vicens Vives. Y hay dos Azañas, el Azaña en el debate del estatuto catalán y el Azaña que como presidente de la República se ve desamparado en la Barcelona de la guerra civil.
En 1965, Julián Marías publica en «El Noticiero Universal» de Barcelona una serie de artículos sobre Cataluña con el título genérico «Consideración de Cataluña», al poco editados como libro. El escritor Maurici Serrahima acude a Madrid y da una conferencia como respuesta. En 1967 se publica el libro «Realidad de Cataluña», y después en lengua catalana. Son voces como esas las que hoy nos hacen tanta falta. Marías es el pensador de la España inteligible, el fiel orteguiano, la integridad intelectual indefectible, el testimonio directo y partícipe de cómo Madrid entra en el caos final mientras Besteiro y el coronel Casado intentan evitar más muerte y destrucción. Serrahima, hombre de la democracia cristiana, fino crítico y memorialista, colaborador de «Esprit», pasó largos días en una checa de la Barcelona de la guerra acusado de ser el jefe de Falange en la ciudad. En los sesenta, Marías y Serrahima sabrán de lo que hablan cuando se tiendan la mano y expresen sus discrepancias. No es cualquier cosa que ambos fuesen luego senadores reales.
La lengua catalana y Cataluña como nación aparecen en los argumentos y réplicas. Claro que no eran tiempos para formulaciones políticas explícitas. Serrahima, amparándose en la doctrina de la UNESCO, invoca el derecho a una enseñanza en la lengua materna. Hoy, más que entonces, la lengua materna de por lo menos la mitad de los ciudadanos de Cataluña es el castellano. Marías insiste en lo absurdo que es no recibir la enseñanza de esa lengua materna, un catalán cuya existencia incomoda a veces en el resto de España. Serrahima defiende la vitalidad de la lengua catalana, aún más allá de los años de decadencia. Con los años, al redactarse el estatuto catalán, Marías reafirmaría su tesis de que los catalanes tienen dos lenguas: el catalán, su lengua privativa, y el español, la lengua general de España.
A inicios de un nuevo siglo, con la simultaneidad global de Internet, cíclicamente asoman en España la oscilación -como decía Marías entonces- entre dos extremos erróneos: la sustantivación de lo diferencial y la negación de la personalidad irreductible de Cataluña. Maurici Serrahima reconocía en la actitud de Julián Marías «un evidente deseo de comprensión y objetividad». ¿Estamos hoy por no abandonar esa labor a pesar de que Cataluña haya avanzado institucionalmente de tal modo que en 1965 nadie hubiese sido capaz de imaginar? ¿No debiera ser ese avance un elemento para la convergencia y no para la discordancia? Marías da en la clave cuando dice que, cuando se piensa, un imperativo esencial es seguir pensando.
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