Miércoles
, 02-12-09
HUBO en nuestro país un tiempo, ya lejano, en el que la medida del éxito de cualquier profesional con ambiciones no venía dada sino por «haber llegado a Madrid». Un tiempo ya lejano en el que para cualquier actor «de provincias» la culminación de su carrera artística consistía en estrenar en la Gran Vía, para un notario lo era abrir despacho en el Barrio de Salamanca, para un burócrata llegar a subsecretario en Nuevos Ministerios, y para un docente sentar cátedra en la Complutense. Un tiempo ya lejano en el que quienes por comodidad, por necesidad o por vocación se inclinaban por permanecer vinculados de por vida a su tierra acababan arrastrando la vitola de provincianos estrechos de miras, o de perdedores sin ambición. Un tiempo ya lejano, en fin, que algunos pensamos definitivamente arrumbado al desván de la historia por la España plural y pluricéntrica inaugurada en 1978, en la que las oportunidades habrían de ser las mismas para todos, y la excelencia podría alcanzarse en cualquier momento, en cualquier ámbito y en cualquier lugar.
Desafortunadamente, la decisión adoptada la semana pasada por el Ministerio de Educación en relación con la creación de los nuevos «Campus de Excelencia Internacional» nos devuelve de un empujón a aquellos tiempos, ahora menos lejanos de lo que algunos ingenuos habíamos creído.
No es sólo que el Gobierno haya optado una vez más -¿y van cuántas ya?- por ningunear a la Comunidad Valenciana negándose a reconocer como tal el ambicioso proyecto presentado conjuntamente por la Universitat de Val_ncia y la Politécnica, al que únicamente ha tocado la magra pedrea de su consideración como «proyecto prometedor» del que se esperan «esfuerzos adicionales para obtener el potencial necesario». Es que vista en su conjunto, la decisión del Gobierno de España revela una visión hipercentralista de nuestra ciencia que apenas se diferencia de la rancia visión de nuestro país a la que antes aludíamos en un factor: la necesidad imperiosa de complacer también a Cataluña.
Y es que las cifras cantan: de los cinco proyectos aprobados, tres han provenido de Madrid y dos de Cataluña, con lo que las Universidades Complutense, Politécnica de Madrid, Carlos III, Autónoma de Madrid y el CSIC se han terminado repartiendo entre sí 42 millones de euros, mientras que las de Barcelona, Politécnica de Cataluña, y Autónoma de Barcelona se han hecho con 31. A más inri, descartados otros proyectos como el valenciano, a los de Córdoba, Cantabria, Oviedo y Santiago -ligeramente mejor parados que el nuestro- les ha sido asignada la etiqueta de «Campus de Excelencia de Ámbito Regional», como si, a diferencia de la ciencia que se hace en la capital, con la vista puesta en el bienestar de todos los españoles y hasta de la humanidad entera, la que se hiciera en provincias sólo pudiera ser útil para los pueblerinos diseminados en unos cuantos kilómetros a la redonda.
Definitivamente, alguien en nuestro Gobierno parece pensar que la única manera de llegar a ser universal debe ser, en efecto, la de guardarse la boina, meter en una maleta de cartón tu media docena de libros y tus cuatro camisas recién almidonadas, pedirle a la madre que te guise una tortilla para el viaje, y tomar el primer expreso que pase por el pueblo en dirección a Atocha o a Chamartín. O a la Estación de Francia.
Lamentable visión la de un Gobierno que parece no saber ni en que siglo está, ni en que país vive.


