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Miércoles , 02-12-09
DESPUÉS de un periodo de reflexión inusualmente largo, Barack Obama ha decidido reforzar las tropas que combaten en Afganistán, pero a través de un modelo que sugiere que el presidente estadounidense está más apremiado por la necesidad de abandonar cuanto antes este conflictivo país centroasiático que por la determinación de cumplir los objetivos que se establecieron hace ocho años, cuando la comunidad internacional decidió intervenir. Casos como el secuestro de los españoles en Mauritania o los continuos ataques piratas en las costas somalíes recuerdan que la amenaza contra la que se combate en Afganistán está lejos de desaparecer y muestran claramente cuál es el resultado que se desprendería de un fracaso de la comunidad internacional allí.
En los últimos dos años la situación en Afganistán ha empeorado a ojos vista: la inestabilidad se ha contagiado a Pakistán y los talibanes y sus socios de Al Qaida han puesto en jaque a la misión ISAF de la Alianza Atlántica. La experiencia de la mayor operación militar de la historia de la OTAN fuera de su territorio no está siendo muy brillante, precisamente porque desde el principio los países no han sabido comportarse como aliados y han convertido la convivencia de casi cuarenta ejércitos distintos en un laberinto de regulaciones separadas y reticencias para evitar las consecuencias de la confrontación. En ocasiones, el temor a una reacción adversa de la opinión pública de cada país ha pesado más que las necesidades operativas sobre el terreno.
El aumento de tropas que ha anunciado Obama, y que probablemente será seguido por otros países -en casos como el de España en un alarde de incoherencia para demostrar que al Gobierno no le importa tanto el objetivo militar de una misión en la que está en juego nuestra seguridad como la oportunidad política de sus decisiones- difícilmente será la solución. El mayor fracaso de la OTAN y de las potencias aliadas en Afganistán ha sido su incapacidad de construir en Kabul un Gobierno estable, capaz de hacerse cargo del país, algo especialmente nefasto ahora que empieza a hacerse evidente el cansancio de la guerra en las sociedades occidentales. Y este debiera ser el principal objetivo a partir de ahora, dotar a Afganistán de una autoridad que evite que todo el sacrificio de estos últimos ocho años no se pierda en las cenizas de un estado fallido. Ojalá que la decisión de Barack Obama contribuya a ello.
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