Eloy M. Cebrián. Alfaqueque Ediciones. Colección Equipaje Ligero. Relato. 192 páginas
«Comunión»
- Autor: Eloy M. Cebrián
- Alfaqueque Ediciones
- Colección Equipaje Ligero
- Relato
- 192 páginas
¿Quién es Eloy M. Cebrián?
Eloy M. Cebrián (Albacete, 1963) es licenciado en Filología Inglesa y profesor en un instituto de su ciudad natal. Su actividad literaria abarca la narrativa juvenil y la novela para adultos. Para los jóvenes ha escrito Bajo la fría luz de octubre (Premio Jaén 2003) y Operación Beowulf. En cuanto a su producción para adultos, cabe destacar El fotógrafo que hacía belenes (VII Premio Francisco Umbral), Los fantasmas de Edimburgo (finalista de los premios Fernando Lara y Herralde) y la novela histórica Bucéfalo, memorias del caballo de Alejandro, de reciente aparición. Ha recibido también importantes galardones como autor de relatos breves. Muchos de esos cuentos se han recogido en las colecciones Las luciérnagas y Comunión. Es, además, colaborador habitual en prensa y traductor literario ocasional, y desde hace una década codirige la revista de creación El Problema de Yorick.
«Comunión» se presenta en sociedad:
- Fecha: Jueves 3 de diciembre de 2009
- Hora: 20.30
- Lugar: Librería Tres Rosas Amarillas (Madrid)
Actualizado Miércoles , 02-12-09 a las 18 : 12
Eloy M. Cebrián nos invita a asistir a una comunión consigo mismo; un recorrido por el entramado de su cabeza, sus miedos, las salas dolorosamente vacías que pueblan al ser humano hasta la locura. Cebrián puede presumir de experimentador, de políglota de los sentimientos y de las relaciones. «Comunión» responde a universos muy distintos; en ellos forma escenarios de teatro en los que se representan los dolores más profundos, los miedos más soterrados del alma humana; y en ocasiones también las diminutas mechas que encienden la esperanza.
Entre la filigrana del relato ficticio a lo Borges en algunos casos (como el relato de “La Torre”), se desprende el realismo más patente, a lo Raymond Carver (“Sonidos de un piso vacío”) y logra esa mezcla sin que chirríe lo más mínimo su relato. A veces el escenario es un imposible, convirtiéndose en un relato parábola de un sentimiento que bien podría rescatarse del subconsciente y no haber ocurrido jamás (“Los muertos”, “Anamorfosis”).

Sus personajes nos enternecen, nos cautivan, nos preocupan, pues intuimos su camino frustrado y querríamos frenarlo, tapándonos los ojos para no ver el final de la película. Sin embargo nada resulta previsible, y nos vemos sorprendidos por la magia final, la escena que le da la vuelta a la tortilla. Olvidamos que es ficción. No se guarda un as en la manga. No. Simplemente que la vida es así, nadie conoce el final de una historia, y así son sus relatos.

Como buen cuentista, sus finales son apoteósicos, logrando cerrar un perfecto círculo narrativo cargado de intimismo, llevándonos, sin darnos cuenta, al terreno de la reflexión. A veces roza el realismo mágico, pero siempre está ese hilo invisible que no permite volar del todo, el que nos ancla a la realidad sin remedio.
Lo más destacable de sus relatos es el anhelo, el desapego gradual (“…mirar aquel cuadrante de tareas domésticas, con sus pulcras líneas y sus casillas coloreadas, era como consultar el mapa de nuestro desafecto”), la devastadora sensación de no lograr alcanzar ni el primer peldaño de la escalera. La impresión de asfixia (“No hay corrientes de aire en este lugar, tan hermético como una vitrina llena de mariposas muertas.”) y de la sordidez más apabullante. Parece lograr que el big bang vaya en retroceso y todo quepa en un cubículo muy pequeño, perdiendo la importancia primera para convertirse en un conglomerado desolador. Por eso consigue desvestir tópicos, reducirlos al absurdo. El desapego, el derrotismo, la ironía, el humor patético e incluso negro, son sus mejores armas, sobre todo cuando al final, tras todas aquellas historias, se revela una profunda misericordia por el ser humano.

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