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Martes , 01-12-09
El urbanismo es una de las manifestaciones más características de una cultura. Los historiadores y sociólogos lo estudian con detalle, convencidos de que su diseño esconde una información de gran calidad para conocer en profundidad una sociedad determinada. Desde la Iglesia de la Veracruz el viajero podrá disfrutar de una impresionante vista de Segovia, definida por la Torre del Homenaje de su Alcázar, la silueta de la Catedral y una serie de extraordinarios campanarios. El skyline de la Reconquista y de una naciente España que se afirmaba sobre el catolicismo.
Una sociedad consciente de su identidad valorará su urbanismo como un preciado tesoro. Cuando al Qaeda lanzó su ataque contra las Torres Gemelas y el Pentágono buscaba mucho más que personas, quería derribar los símbolos de un imperio. El Pentágono está reconstruido y una torre aún más alta ocupará el lugar de las dos derribadas. Estados Unidos se afirma así frente al yihadismo.
Los suizos son un pueblo antiguo que, de mejor o peor gana, acepta la inmigración musulmana y respeta su libertad religiosa, pero que no parece dispuesto, según el resultado del referéndum recién celebrado, a que su presencia quede reflejada en la imagen de sus ciudades ¿Cabe la globalización a la carta? ¿Se justifica que las iglesias cristianas puedan erigir campanarios y las mezquitas no puedan disponer de minaretes? No tiene más sentido que la expresión de quien teme por su identidad y reacciona prescindiendo de la razón.
El referéndum suizo nos interesa porque refleja uno de los problemas que van a caracterizar la vida europea durante las próximas décadas: ¿cómo preservar la identidad occidental ante una inmigración musulmana que no siempre quiere o logra integrarse? La respuesta no está ni en los minaretes ni en los musulmanes, sino en la conciencia de una Europa decadente que rechaza sus valores y se entrega a un estéril relativismo.
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