Martes
, 01-12-09
SPECTATOR IN BARCINO
BARCELONA ha conocido diversas denominaciones históricas. Fue la «ciudad de las bombas» a finales del XIX, la que era «bona si la bolsa sona», «ciudad de los prodigios» en la ironía literaria de Eduardo Mendoza y, en los años sesenta, «ciudad de ferias y congresos». Hoy, si hubiéramos de asociar a Barcelona alguna característica, sería la ciudad de las bicis, las cacas, los meados, los carteristas, los lateros y aquella en la que «okupar» el piso ajeno sale por un euro. Cada día, al volver a casa, siempre desde los mismos contenedores, nos asalta el ácido hedor úrico, sorteamos las «tifas» caninas y el ciclista que años ha reclamaba el carril bici, ahora que lo tiene, sigue esprintando por las aceras.
Hace un mes y coincidiendo con la operación Pretoria que cambió el decorado del oasis catalán para revelar una charca nauseabunda, nuestro consistorio estrenó -y, sobre todo, publicitó- su renovado operativo de limpieza: más de mil vehículos y 388 máquinas, 27.000 nuevos contenedores, 264 recolectores, 128 barredoras y 116 baldeadoras.
Con tal ejército, esa Barcelona sucia, prostibularia y con turismo de baratija debería quedar como los chorros del oro. Lástima que por las anchas aceras del plan E sigue transitando el incivismo. A la maquinaria se ha de sumar la civilidad. Y eso va a costar años arreglar... si se arregla. Si los ciclistas más asilvestrados de Europa persisten en atropellar los derechos del peatón; si los amos de los perros no recogen el excremento de su mascota; si los adolescentes se dan un homenaje etílico y dejan en bancos y plazas públicas los restos de la «birriosa» orgía; si los maleantes roban tranquilos, porque el delito reincidente cuesta una multa irrisoria; si prostitutas y clientes dejan en calles y párkings sus condones usados; si en las familias y escuelas no se imparte más educación cívica y menos Formación del Espíritu Progre, aunque sea sin ordenador, los operativos de limpieza sólo serán estadísticas.
En muchos rincones del Raval la iniciativa privada abre tiendas originales y baretos coquetones: pero la terraza salpicada de papeleras rebosantes, jeringas y olor a urinario ahuyenta la clientela y acaba «fundiendo» la luz prometedora del local. En un cuento de «Tres vidas de santos», Mendoza añora la amabilidad de unos barceloneses hoy desconfiados e hirsutos ante la inseguridad vial. ¿Qué queda del cervantino «archivo de cortesía»?
Contra el contubernio derrotista, el alcalde Hereu lanza «galets» iluminados. Cada Navidad nuestro ayuntamiento mete la pata de forma clamorosa: si en 2008 fueron los abetos carísimos e inútilmente ecológicos de la señora Mayol, ahora les ha dado por una pasta de sopa que seguro nos cuesta una pasta. Con tanta cochambre, ya pueden ir colgando lucecitas y ampliando aceras.


