
Lunes
, 30-11-09
Con precaución, al principio; con normalidad y fluidez, después, los hondureños se volcaron ayer en las urnas para elegir un nuevo presidente y dar un impulso decisivo a la solución de la crisis política que vive el país desde el 28 de junio.
Mientras el depuesto Manuel Zelaya permanece encerrado en la embajada de Brasil (donde el ánimo es cada día más deprimente, según un allegado al ex mandatario) y el gobernante interino, Roberto Micheletti, sigue voluntaria y temporalmente fuera del poder, 4,6 millones de hondureños podían elegir quién sanará las heridas internas y reconstruirá las relaciones internacionales a partir del próximo 27 de enero.
El temor inicial a posibles incidentes retrajo a la ciudadanía. Superada la incertidumbre -tranquilidad casi absoluta en todo el país, aunque algunas personas fueron detenidas, incluido un supuesto ciudadano español-, los electores comenzaron a acercarse a los más de cinco mil colegios (bastantes, con camisetas del Barça: muy pocos con la del Madrid) en una participación que permitirá probablemente igualar los datos de 2005, cuando el 46% del censo hizo valer su voto.
«Votar es una solución al golpe de Estado y da la alternativa al pueblo», comenta Marvin López mientras hace fila en el instituto Jesús Milla Selva, ampliado con ayuda de la cooperación española tras el devastador paso del huracán «Mitch» en 1998. El colegio está enclavado en la colonia Kennedy, un barrio de clase media presidido por una modesta estatua de JFK. «A la gente se la ve motivada. Es necesario un cambio», comenta a su lado Mario Calleja. «Hay la misma gente que en votaciones anteriores», tercia Adela Moreno...
En el más popular barrio de El Álamo, donde Tegucigalpa abandona el llano y se transforma en colina, el instituto Central Vicente Cáceres ofrece un paisaje similar: ordenadas filas de votantes, proceso de votación con suficientes candados de seguridad como para impedir el fraude, muy relajada vigilancia de las fuerzas del orden... «Todo normal», dice Elvin Trejo, uno de los miles de voluntarios de la sociedad civil que ejercen como observador. Decenas de periodistas y unos 400 observadores internacionales (incluidos tres diputados y un eurodiputado del PP español) fiscalizaron las elecciones más vigiladas de la historia de Honduras.
De los cinco candidatos, sólo dos tenían aspiraciones de triunfo. Las últimas encuestas, que por ley datan de hace un mes, daban a Porfirio «Pepe» Lobo, del Partido Nacional, hasta 22 puntos de diferencia sobre el aspirante liberal, Elvin Santos, que podría pagar en votos la división en sus filas políticas (tanto Zelaya como Micheletti pertenecen al partido rojiblanco). Algunos sondeos tempranos a pie de urna confirmaban esta tendencia.
Decisivo miércoles
Lobo, en un encuentro con la prensa internacional, adelantaba que «aquí tiene que haber un diálogo con todos los actores, incluido Zelaya». Sin embargo, no desveló el sentido del voto de su partido el próximo día 2 respecto a la restitución de «Mel».
En cuanto a la recomposición de las relaciones con España, «Pepe» sentenció: «Si tengo que ir a tocarle la puerta al Rey Juan Carlos, lo haré de inmediato. Lo mismo con el presidente Lula da Silva». Sin embargo, con el venezolano Chávez «no permitiré que venga a intervenir en los asuntos internos de Honduras».
Por su parte, Elvin Santos denunció que el rechazo de la comunidad internacional a reconocer las elecciones (con salvedades como EE.UU., Perú, Panamá o Costa Rica) es un freno a la solución de la crisis. El futuro de Zelaya lo deja en manos de los «órganos jurisdiccionales» y el Congreso.


