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Guinea Bissau: Un país catastrófico
Publicado Domingo , 29-11-09 a las 10 : 28
La muerte de Joao Bernardo «Nino» Vieira, presidente de Guinea Bissau, estaba escrita desde que en la tarde del pasado 1 de marzo falleciera el jefe de las Fuerzas Armadas, el general Batista Tagme Na Wai por la explosión de una bomba colocada junto a su despacho. Todos en este país, independizado a tiros de Portugal en 1974, sabían que su destino iba unido. Ni siquiera ellos, rivales irreconciliables y de tribus distintas, lo escondían.
Pero «Nino» Vieira, de escasa tradición democrática, se había hecho rodear de una especie de aura de inmortalidad. Algunos dicen que era inmune a las balas y que sólo le darían muerte por medio de un ritual. Y así fue, más o menos. Pocas horas después del atentado que acabó con el general varios militares se presentaron en su residencia para dar comienzo al macabro magnicidio.
A lo largo de al menos un par de horas, sin prisa, se regocijaron en destrozar el cuerpo del presidente. Una muerte lenta que, según afirman, presenciaron algunos familiares en plena madrugada. Dos sillas en un extremo del salón. A la derecha se sienta el interrogador, o el que hacía que lo interrogaba. A la izquierda el mandatario. No hay brujería que valga. Se impone la ley de los golpes y los disparos. La ley del enorme machete con mango de madera, tantas veces fotografiado en los conflictos de África.
El cadáver de «Nino» Vieira llegó hecho piltrafa a la sala de autopsias, según las fotos que ha podido ver este corresponsal. Estaba cosido a machetazos, especialmente el cráneo, y le habían rebanado los testículos. No contentos, ignorando quizás esa inmunidad mágica a los disparos, lo habían frito a tiros. Nada que ver con el bombazo seco que mató a su rival, del que también se guardan imágenes.
Como si nada, los guineanos se levantaron y se fueron a trabajar o al mercado. Hay que comer y respirar para vivir. Comentaban la muerte del presidente y del jefe de las Fuerzas Armadas como el que puede comentar en España que el Madrid ha arrebatado el liderato de la Liga al Barça. Otro día más en este país que ha escrito su historia con sangre, golpes de estado y asonadas.
Pocos dudan de quién anda detrás de los dos asesinatos, sobre todo porque sus autores tienen nombres y apellidos. Los que terminaron con Vieira llegaron incluso a grabar su hazaña en vídeo y han posado libres y orgullosos incluso para algún reportero gráfico. Dos de los que participaron en el ataque a Tagme, un especialista en explosivos apodado el «Mina» y una joven sargento que colocó la bomba, se encuentran bajo arresto militar.
Pero, según todas las fuentes consultadas, lo mejor es que no se investigue a fondo el asunto ni se depuren responsabilidades. No vaya a saltar de nuevo la chispa. Es más, tampoco se esconde que tan crítica era la situación del país que incluso vino bien la sangrienta catarsis. Lo reconocen incluso altos funcionarios internacionales que viven en Bissau desde hace tiempo. Con cierto alivio, miran hacia adelante y blanden orgullosos las elecciones del pasado julio que, aplaudidas por los observadores, han traído algo de orden al país, al menos, de momento. Y eso que en campaña fue asesinado un candidado presidencial y ex ministro de Defensa. Un ex primer ministro fue apaleado de forma tan salvaje que lo dieron por muerto.
«No defiendo lo indefendible, pero hay que ver lo que ocurre aquí con ojos de guineano», dice el experimentado general Juan Esteban Verástegui, al frente de la misión de la Política Europea de Seguridad y Defensa (PESD) en Bissau, cuyo objetivo principal es dirigir las reformas en el ámbito judicial, policial y del Ejército, plagado de mandos y escaso de tropa. En este sentido, queda un largo camino por recorrer hasta hacer ver a los militares que deben someterse al poder civil, aunque el general español asegura que han emprendido la senda adecuada porque «los propios guineanos han pedido hacer las reformas».
El general José Zamora, que ocupa ahora el puesto del asesinado Tagme, insiste en pedir audiencia en alguna que otra Embajada y han de responderle cortesmente que esa no es su misión. Verástegui no oculta que su relación con él es mucho más «sencilla» que con su «complejo» antecesor, pero que las Fuerzas Armadas, con 4.500 hombres en un país de millón y medio de personas, siguen estando «descontroladas porque no hay estructuras orgánicas». La idea es llegar a un Ejército de 3.500 militares donde el 70% de la tropa serían de reemplazo.
«Puede que estemos saliendo de un periodo difícil», añade el italiano Franco Nulli, jefe de Comisión Europea, sin obviar que Guinea Bissau sigue siendo un país «frágil e inestable». Las ayudas millonarias europeas llueven tanto para infraestructuras (carreteras o desarrollo energético) como para el buen gobierno y lucha contra la enorme corrupción en un país que vive prácticamente de la caridad internacional y que sin ella saltaría por los aires.
Esa corrupción, esa inestabilidad y una geografía favorable han metido de lleno a Guinea Bissau en los últimos años en la ruta africana de la cocaína que, aunque se consume en los países desarrollados, encuentra en África Occidental un lugar de paso inmejorable entre Suramérica y Europa.
«Cinco mil kilos de cocaína» fue el detonante de la muerte en cadena del presidente Vieira y del general Tagme, afirma en la capital un agente extranjero buen conocedor de las redes de narcotráfico suramericanas. «Este es el país de todos los tráficos, especialmente el de droga», comenta un diplomático europeo.
Algunos. pese a todo, como el responsable de la oficina de la ONU para las Drogas y el Crimen (ONUDC), el portugués Manuel Pereira, rechazan la etiqueta de «narcoestado», unida ahora al nombre del país, aunque reconoce diplomáticamente que ha sido así durante «estos años de atrás, cuando el Gobierno y el Ejército estaban en el olvido, entonces sí estaban implicados los militares y el Gobierno».
En Guinea Bissau no hay ni una sola cárcel y la ONUDC trabaja junto al Ministerio de Justicia para tratar de arreglarlo. Han emprendido la rehabilitación de dos penales, en Bafata y en Mansoa, cerca de la capital, y cuentan con el proyecto de construir una prisión central en Bissau. «Esto no significa que haya inseguridad en las calles, como puedes comprobar», afirma un funcionario de la Comisión Europea.
Mientras tanto, lo más parecido que tienen a una prisión son las tres celdas que integran los calabozos de la Policía Judicial. Nadie piensa que eso sea mínimamente serio para encerrar a traficantes de cocaína que cruzan el mundo en aviones, bien armados y con dinero suficiente para corromper a las más altas instancias del país. No es serio para ningún ser humano. Son los propios funcionarios los que muestran al reportero el agujero en el techo de la celda de hombres por el que los detenidos se escapan a placer. Por eso los cuatro internos por delitos comunes de estos días se encuentran en la celda de mujeres, un cuchitril más pequeño e inmundo todavía. Completa las instalaciones un cuartucho de aislamiento. «Para los que se ponen violentos», explica el comisario Musa Sambo.
«Hoy no hay ningún detenido» en este centro por narcotráfico, corrobora la directora general de la Policía Judicial, Lucinda Barbosa Aukharié, al tiempo que añade que «ciertas personas del país están metidas» en ese negocio. Evita entrar en detalles evidentes. «Tenemos dificultades para controlar todo el país». «Contamos con una geografía y unas costas que ayudan a los narcos».
Las 84 islas que conforman el archipiélago de las Bijagos, frente a Bissau, son el terreno ideal para la delincuencia organizada. Ni en Bubaka, la isla principal, hay agentes. «Esto es un problema», reconoce Pereira. A esto se suman las pistas de aterrizaje diseminadas por el país desde la época colonial.
Además de cárceles, Aukharié reclama a la comunidad internacional coches, motos, patrulleras y todo tipo de medios. Quieren además que la unidad contra el narcotráfico que acaban de crear se despliegue por este país de 36.000 kilómetros cuadrados, una extensión similar a la de Galicia. Pero es un sueño todavía muy lejano, según expertos extranjeros, en un país donde un policía judicial cobra 60 euros al mes y un soldado 40.
Más allá de las ayudas materiales, lo verdaderamente complicado será apreciar un cambio en la mentalidad del país. Y para ello aprecian reservas hasta las fuentes más optimistas. Están aún frescas las imágenes de hace un año de conocidos militares alrededor de un avión llegado del otro lado del Atlántico cargado de cocaína al aeropuerto de la capital. El aparato sigue ahí, incautado, pero su cargamento se esfumó, como en numerosas ocasiones, al igual que los que lo trajeron. Nadie se hizo responsable. Y el sistema judicial, que no pregunta en los interrogatorios por la droga incautada en distintas operaciones, como se queja un diplomático, sigue trabajando.
Es cierto que un coche de los denominados de alta gama es un auténtico escándalo para los sentidos entre los socavones que conforman el entramado de calles de Bissau. Si quitamos los taxis y los vehículos de empresas, ONG o instituciones, apenas quedarían unos cuantos utilitarios y casi todos destartalados. «La visibilidad» del dinero del narcotráfico es ahora menor, explica Franco Nulli, de la Comisión Europea, que coincide con el portugués Manuel Almeida, de la Onudc.
Pero este corresponsal no insistió mucho cuando vio aparecer a la cita previamente concertada a un joven, supuestamente metido en el negocio del «narco», a los mandos de un Audi Q7, que cuesta unas mil veces el sueldo medio de un guineano. El chaval, vestido con ropa de marca y aire moderno, no quiso hablar de cocaína. Simplemente se enseñoreó rodeado de chicas que se pararon al verlo en la calle. «Tu trabajo es muy peligroso», concluyó antes de irse.
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