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La española Sylvia Schwartz protagoniza en París el musical «Sonrisas y lágrimas»
MARIE-NOËLLE ROBERT Un momento de los ensayos del musical «Sonrisas y lágrimas» (The sound of music) dirigido por Emilio, Sagi en el Châtelet de París
Un montaje brillante y teatral
Al igual que Schwartz, Emilio Sagi nunca ha visto en escena «Sonrisas y lágrimas», a pesar de ser un gran amante de los musicales y haberle dado un toque de este género a algunas de sus zarzuelas («La del manojo de rosas»). «Estuve a punto de verlo hace un par de años en Londres -donde le ofrecieron el papel protagonista a Scarlett Johansson, que no interpretó-, pero al final no pude ir». A él la oferta le llegó tras el éxito obtenido en el Châtelet con «El cantor de México» hace ya tres años. Desde entonces ha puesto en escena en el teatro francés la opereta «La generala» y «Las hadas», de Wagner. Asegura que su versión, sin perder los aires del musical más tradicional -«es Broadway total»-, será muy teatral. «El libreto -basado en la historia real de María Trapp que sirvió de base al texto de Howard Lindsay y Russel Crouse- es muy interesante y he querido dar más peso a personajes como la abadesa y el tío de los niños, que era pro-nazi».
En cuanto a la escenografía, firmada por Daniel Bianco, está muy enfocada hacia la naturaleza. «Toda ella, la casa, los salones... está tapizada con las montañas de los Alpes. El suelo siempre está revestido por un prado inmenso. Es un montaje brillante y muy teatral», indica. Y, por supuesto, no faltarán sorpresas, como es habitual en los trabajos del director asturiano.
Domingo , 29-11-09
Sylvia Schwartz reconoce que le sorprendió la oferta que le hizo el director del Châtelet de París, Jean-Luc Choplin. Quería que interpretara a María Rainer, la institutriz del musical «Sonrisas y lágrimas», de Rodgers y Hammerstein. No es la primera vez que Schwartz se sale de los márgenes de su repertorio, el operístico -divide su carrera entre Viena y Berlín-. Lo hizo hace justo un año, cuando protagonizó, en ese mismo escenario, junto a Sting y Elvis Costello, la ópera rock «Welcome to the Voice», de Steve Nieve.
Esta vez, sin embargo, «se había pasado de rosca», bromea la soprano española -a pesar del apellido-, por teléfono desde París. Recuerda que dudó durante unos momentos hasta que Choplin le informó sobre quiénes iban a ser sus compañeros de viaje en esta nueva producción del musical -que sube por primera vez a escena en Francia y que estará en cartel del 6 de diciembre al 3 de enero-. Con ella, el Châtelet quiere celebrar los cincuenta años del estreno en Broadway.
«Cuando me dijo que Emilio Sagi, a quien admiro desde hace años, dirigiría el montaje; que el capitán Trapp sería Rodney Gilfry, y que la dirección musical correría a cargo de Kevin Farrell, un experto en Broadway, me di cuenta de que yo no iba a destacar por no ser del género, y que la obra se iba a trabajar desde un punto de vista diferente».
Schwartz se meterá en la piel de María, alternándose con Julie Fuchs y Christine Arand, la novicia que abandona el convento para cuidar de una familia numerosa que ha perdido a la madre. Confiesa que de niña era una gran fan de la película, dirigida por Robert Wise en 1965 y protagonizada por Julie Andrews. «La vi al menos 20 veces antes de cumplir los nueve años». Ahora la ha vuelto a visionar, «pero sólo una vez. No quería que me influyera». Tanto la soprano como el director de escena, Emilio Sagi, han trabajado el personaje de María desde una perspectiva menos naíf que la presentada en el filme. «Se ajusta más al libreto del musical -indica Schwartz-, que es un poco más serio. Por eso acepté el proyecto». Para la cantante, María se instala en la mansión de los Trapp «para cumplir una misión de Dios, educar a esos niños. Cuando se enamora del capitán se siente culpable por traicionar esa misión y huye al convento. La escena con la abadesa (Kim Criswell) para mí resulta fundamental», admite.
Alaba las canciones, «que son muy bonitas», pero reconoce las dificultades que ha tenido que afrontar. «Mientras en la ópera casi todo es música, aquí hay mucho diálogo». También le asustaba un poco trabajar con los niños, dieciocho en total para completar el triple reparto de los siete hijos del capitán. «Yo no tengo hijos y no sabía si iba a saber manejarlos», bromea, «pero todo ha ido muy bien».
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