Sábado
, 28-11-09
EL «Ja sòc aquí» de Tarradellas en el balcón de la Generalitat reencontrada es una de esas frases que van pidiendo mármol. Hay otra, según cuentan, que formuló en voz queda aquel domingo achubascado y que tampoco es manca. «Collons, quina Catalunya ha fotut en Franco!», dicen que dijo el «president» tras otear el panorama de la prosperidad y la pujanza. ¡Jopé, la que ha montado el tío Paco! La anécdota es apócrifa, quizás oportunista y puede que hasta barata. Pero, aunque hubiese alguien dispuesto a jurar sobre la Biblia que sucedió tal cual, punto por punto, palabra por palabra, no cambiaría nada. Donde la mixtificación y los embustes deambulan como Pere por su casa, las verdades incómodas salen en ambulancia.
Lo obvio, en cualquier caso, es que el eremita de Saint-Martin-le-Beau no quiso ejercer de plañidera ni dar rienda suelta a las jeremiadas. A la postre (y, con el postre, el cava), en el país había «molta pela» mientras que palos los hubo en todas partes. Miró, pues, adelante y pasó página. Treinta y dos años después, el sucesor de Tarradellas, posadero de inquinas y deslealtades, ha sacado el franquismo a relucir en plena zapatiesta estatutaria. Afirma el señor Pujol que, «in illo tempore», se tenía más consideración con Cataluña que en los momentos actuales. De no ser así, ¿a qué cabe achacarle que el Invicto montase un «remake» del Génesis («FIAT lux-Así SEAT») en el baldío de la Zona Franca? ¿Acaso a que se llame Franca?
Contra Franco, en efecto, los catalanes y las catalanas vivían mejor que contra España. Si el Régimen puso la lengua a ídem hoy sólo sirve para lamer el plato. Ahora, se despilfarra en libertad y se escatima en tolerancia. La burra vuelve al trigo y el «ruc» a la cebada. Despabila el fantasma de la adhesión inquebrantable, del pasmo colectivo, de la unanimidad a tanto alzado. No es de extrañar que, luego, Jordi Pujol añore las ternezas de antaño: «Nosotros, que nos quisimos tanto...». El amor, sin embargo, es un continuo toma y daca en vez de un dame y dame interminable. Y a la gente de a pie (la que si ejerce el derecho al pataleo es acusada de casposa y rancia) comienzan a atragantársele los trágalas.
A las cadenas de montaje que promovió la dictadura (Ya saben: ¡Visca las «caenas»! El chiste, de puro tonto, es obligado) el inclemente zurriagazo de la crisis les ha cogido en «calças»; o sea, en lo que el imperialismo castellano se denomina «bragas». Mejor les va, por contra, a los especialistas en desmontar el chasis del Estado. Ellos no dan abasto, no aflojan ni un minuto, les desborda el trabajo. La exigencia, no obstante, es inferior al entusiasmo y la «feina ben feta» se ve recompensada. A lo largo de tres generaciones se ha trabajado a conciencia en las conciencias y se han uniformado las identidades. Se ha encauzado el rencor, se ha sublimado el sectarismo, se ha delimitado el campo de batalla. Pujol incubó el huevo a la chita gritando y que las pie emboscado en el franquismo aúna la desfachatez con el sarcasmo.
«Quina Catalunya ha fotut en Franco!» Bienaventurado Tarradellas. Lo «fotut», francamente, todavía no ha empezado.

