Año y medio después del secuestro del «Playa de Bakio», sólo los piratas han aprendido de aquella experiencia -para perfeccionar su actividad criminal-, mientras que el Gobierno se ha enredado entre el chantaje de los secuestradores, la presión de la opinión pública, la irrupción de las administraciones autonómicas, las descalificaciones de la oposición y su conocida obsesión por la imagen propia hasta complicar todo el proceso y provocar «daños colaterales»: el prestigio y la imagen de instituciones fundamentales del Estado.
Los piratas también bajaron a tierra a rehenes del «Playa de Bakio», para dificultar una posible intervención de los grupos de asalto de la Armada. Incluso estaba en misión de vigilancia la misma fragata, la «Méndez Núñez». Los servicios de inteligencia, militares y civiles, se movilizaron y enviaron informes desde el terreno. Pero no salieron a relucir en tiempo real. En fuentes conocedoras del proceso se recuerda que esos servicios rara vez se muestran categóricos en sus análisis, hablan de probabilidades e hipótesis. El día que los secuestradores simularon que bajaban a tierra a tres marineros del «Alakrana», los informes de inteligencia confirmaron primero que era «muy probable» que la maniobra fuera cierta. Dos horas después, con los mismos medios, rectificaron para sostener que todos los tripulantes del «Alakrana» estaban en el barco.
Precipitación
Entre medias, la ministra de Defensa se adelantó a confirmar tajante a medio día que los pescadores estaban localizados y en perfecto estado. Con los datos de inteligencia, apoyados después con la información de las autoridades somalíes, el ministro de Asuntos Exteriores se apresuró a anunciar que los tripulantes habían vuelto al barco. Eran deducciones para tranquilizar a la opinión pública y a los familiares. El Gobierno tenía informantes sobre el terreno, datos añadidos de gestiones diplomáticas e imágenes de satélites espías. El Jefe del Estado Mayor de la Defensa dio a entender después, una vez terminado el secuestro, que los tripulantes nunca llegaron a tierra, que bajaron por un lado y subieron por otro para engañar a los demás pescadores. Ya lo contaban los protagonistas.
En «la retransmisión» de lo que podía ocurrir, el Gobierno se dejó llevar por una ansiedad que hubo con el «Playa de Bakio». Las negociaciones con los piratas iban bien hasta pocos días antes. Los piratas habían decidido cobrar más y meter prisa. Lo consiguieron.