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Sábado , 28-11-09
POR SARA MEDIALDEA
MADRID. Como si la ciudad fuera una enorme pasarela, el cielo de sus calles se ha llenado con los diseños en luz de modistos, arquitectos y artistas gráficos. A las seis de la tarde de ayer se abrió oficialmente la temporada navideña, y desde entonces adornos variados, vanguardistas y originales lucen en 170 espacios de la ciudad. Se hizo la luz, y se hizo la Navidad.
Desde que llegó a la alcaldía, Alberto Ruiz-Gallardón se empeñó en cambiar el estilo de la decoración navideña. Su primer año, 2003, aún de forma modesta: renovó una parte con luces especialmente realizadas en Puente Genil. Pero aún eran tradicionales: bolas, cadenetas, lazos...
La ruptura total la hizo en 2004, cuando aparecieron los preciosos diseños de Manuel Estrada sobre la calle de Alcalá -la palabra «paz» en decenas de idiomas-, y las polémicas «croquetas» y «serpientes» que la artista Eva Lootz ideó para colgar en el paseo de Recoletos. Demasiado vanguardista: ese año se armó el Belén.
Pero la semilla estaba sembrada: nació una iluminación navideña innovadora y diferente. Este año, aunque la crisis aprieta, no ha ahogado las ansias de renovación municipal. Se repiten muchas de las iluminaciones, pero cambiadas de sitio, con lo que parecen nuevas. Y se han estrenado las de la Gran Vía, diseño del arquitecto Ben Busche para rendir homenaje al centenario de esta arteria.
Merece la pena el paseo: desde la Plaza de España, donde un árbol del mismo creador en azul y verde recibe al caminante, un vistazo hacia la Gran Vía permite contemplar un techo luminoso de «skylines». Las siluetas de los fingidos rascacielos, con ventanas iluminadas, dan un aire festivo a la vía más visitada de la capital.
En Plaza de Callao, parada obligada: bajo el árbol -coronado con una estrella de cristal de la Real Fábrica de La Granja- se anunció una pista de hielo que pretende reproducir el ambiente bajo el neoyorkino Rockefeller Center. Pero se ha quedado en un «mini-Rockefeller»: la pista apenas sobrepasa el tamaño de un salón doméstico grande. Y la fila de personas que esperaban pacientes para utilizarla era de órdago. Eso sí, estaban amenizados por un coro que atacaba el «White Christmas» con auténtico buen gusto.
En calles laterales, como Valverde y Barco, se han reciclado unos bonitos paneles formados por cuadros rojos, verdes, rosas, azules y amarillos, muy coloristas y alegres. Y así, entre relieves de rascacielos, se llega a la Red de San Luis, donde sorprende un árbol navideño que a primera vista parece formado por bloques de colores de los que utilizan los niños en sus juegos de construcción, y que reproduce un rascacielos. Este adorno fue uno de los más fotografiados: los caminantes posaban ajenos al trajín de meretrices del entorno.
Sol cuenta con un enorme árbol de 33 metros de alto en verde y rojo. Sorprendentemente, las esferas luminosas en Preciados o Carmen no estaban aún iluminadas. La estatua de la Cibeles está rodeada este año de algo con apariencia -echándole imaginación- de ramas de árbol de luz dorada. Su autor, el arquitecto Busche, las define como una recreación de brillos de estalactitas de hielo. Sólo unos metros más arriba, la creación de Roberto Turégano en azul y dorado vuelve a encandilar, como ya hizo el año pasado: es una de las más logradas.
El paseo de Recoletos aún no lucía anoche: repite los «bucles» de Ben Busche e Isabel Barbas, arquitectos que también se han encargado del paseo del Prado con un diseño a modo de platillos volantes de diferentes colores.
Luz al final del túnel
La calle de Serrano, en sus tramos centrales, recobra las luces navideñas diseñadas por Amaya Arzuaga. Eso, y la marcha de las pilotadoras y los camiones devuelve el aspecto de normalidad a la calle. No a su último tramo, entre Goya y Alcalá: ahí, el «decorado de guerra» se mantiene, aunque se ha intentado aligerar instalando unas cadenetas luminosas entre los árboles.
En Velázquez lucen los diseños de Juan Duyos: palabras festivas -«cariño», «calma», «felicidad», «fiesta»-, junto a estrellas, caras sonrientes y el clásico símbolo hippy -«haz el amor y no la guerra»-, en rojo, verde y dorado. Goya cuenta con preciosos racimos de uva diseño de Ángel Schlesser, y Ortega y Gasset se ha adornado con ondas doradas obra de Roberto Torretta.
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