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Jueves , 26-11-09
EN Washington, el Senado votó la segunda puesta en marcha de la Reforma Sanitaria que Barack Obama respalda. La respalda pero no la dirige. Después de la Cámara de Representantes, el Senado debía autorizar el comienzo del debate. Se necesitaban 60 votos sobre 100, y se obtuvieron: 60 contra 39. Es solo una señal, pero una buena señal para los defensores de la reforma. «La historia está llamando a la puerta», dijo no sin grandilocuencia el senador Max Baucus, demócrata de Montana y coordinador del proyecto de ley. ¿Cómo sacar la ley sin total descafeinamiento? Se sabrá quizás a fin de año.
Entre otras cosas, el borrador propone que 31 millones de americanos, hoy desprotegidos, puedan acogerse a las nuevas fórmulas de cobertura. Es un lujo caro que costará 84.800 millones de dólares al año a las arcas públicas durante 10 años. Pero algunos piensan que un estado cuyo presupuesto asciende a 3,4 billones de dólares anuales podría permitirse este esfuerzo, gracias al cual Estados Unidos dejaría de figurar entre los países desarrollados con seguridad social del cuarto mundo. Que una de las más grandes sociedades de todos los tiempos tenga unos servicios médicos que ignoran a la décima parte de su población es un agujero negro. No se puede tener una investigación del siglo XXII y un sistema de seguridad social de los años que siguieron a la caída del Imperio Romano.
Medicaid, sistema protector del contribuyente de menor ingreso, doblaría el presupuesto y permitiría a quienes buscaron su cobertura aspirar tanto a la protección de seguros privados como públicos (que sería obligatoria). El aumento presupuestario habría de cubrirse con una combinación de reducciones de impuesto y gasto público. Al final del décimo año, en 2020, el déficit federal se reduciría en 130.000 millones de dólares. Esto leemos en la prensa americana.
La regulación del aborto, más estricta en el proyecto que en España, pone en peligro la adhesión de dos votos republicanos moderados, además de cuestionar otros dos demócratas, lo que significaría el naufragio de la reforma. Esos cuatro votos no admiten que la suma de dinero público destinada a los seguros que cubren abortos no descienda hasta niveles inferiores a la mitad. En todo caso, el jefe de la mayoría, el senador Harry Reid, cree que el proyecto acabará por pasar. Naturalmente no todo es dinero: desde la concepción general de la reforma hasta la contraofensiva de farmacéuticas y aseguradoras, todo cuenta tanto como las cifras. Al comprobar la victoria del viernes, Reid extremó la prudencia: el voto de hoy no marca el fin del debate sino su comienzo.
Volvemos un momento la mirada a Afganistán, el otro escenario del que depende el éxito o fracaso de Obama. La noticia del último fin de semana es interesante. Estados Unidos y el incipiente ejército afgano han empezado a apoyar a las milicias tribales que se sublevan contra el poder talibán. En el sur y el este -las zonas más conflictivas- milicias distintas se levantan contra un poder tiránico, dependiente en no poca parte del dinero de la droga. La protesta, entrevista en el informe del general Stanley McChrystal, de agosto 2009, empieza a cumplirse. Como se esperaba, las autoridades políticas de Kabul no se han enterado absolutamente de nada.
La Reforma Sanitaria y la guerra afgana trazan fronteras ideológicas, se diría inamovibles. Son, escribiría Shakespeare, como frías disputas de taberna. Pero no todo es así: los sectores más reaccionarios de Chicago o Atlanta empiezan a preocuparse (este Obama, este Obama...). Las cosas hasta hoy iban mal para el presidente. Pero la realidad tiene a veces demasiados matices. La vida no se entiende en blanco y negro.
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