Miércoles
, 25-11-09
Afganistán es una asignatura pendiente para Estados Unidos y, por aquello de que pasaba por allí, corresponde a Barack Obama alcanzar el aprobado pendiente. Los rumores que llegan de Washington apuntan a que no dará al general McChrystal los 40.000 hombres que le pidió, pero al menos sí 30.000, que podrían ser suficientes y que dejan claro a todo el mundo que aún con este inverosímil premio Nobel de la Paz en la Casa Blanca, los Estados Unidos de América están dispuestos a dar en solitario una batalla de la que se beneficiará todo Occidente.
Obama parece asumir así una tesis repetida por los republicanos durante el incremento de tropas en Irak: no se puede apoyar a las tropas de tu país y al mismo tiempo estar en contra de la guerra que están librando. Obama sabía en este caso que no iba a contar nunca con el apoyo de los republicanos para retirarse de Afganistán sin ganar la guerra. De haber sabido que esa retirada podía ser fruto de un consenso que culpara a ambos partidos de la derrota, quién sabe si Obama no hubiese actuado de otra forma. Lo que sabemos ahora, con toda probabilidad, es que hay un compromiso para ganar una guerra. Y que el equipo político que Obama envió en enero a abordar el problema «Af-Pak», Richard Holbrooke y Karl Eikenberry, ha sido en extremo contraproducente para Estados Unidos en la región. Hasta el punto de que en las últimas semanas hemos visto cómo Holbrooke ha sido claramente relegado y su papel en Afganistán retomado por la propia secretaria de Estado Clinton, que ha despachado directamente con el presidente Karzai.
Por lo que sabemos ahora, el 1 de diciembre el presidente Obama hará público su plan para ganar la guerra de Afganistán, al menos en los términos en que se ganó la de Irak. Con ello, y sin apenas ayuda relevante de sus aliados, Estados Unidos lograría una gran hazaña.

