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Edición y traducción de Nicole d'Amonville Alegría. Lumen (Barcelona, 2009). 21,90 euros. 296 páginas
«Emily Dickinson. Cartas»
Edición y prólogo de Nicole d'Amonville Alegría
Traducción: Nicole d'Amonville Alegría
Lumen (Bracelona, 2009)
21,90 euros
296 páginas
El críptico universo de Emily Dickinson
Emily Dickinson (1830-1886) es una de las mejores poetas norteamericanas de todos los tiempos. Estudió en la Academia de Amherst y en el seminario femenino de Mount Holyoke. A los treinta años se retiró de la sociedad y durante el resto de su vida vivió como una ermitaña, manteniendo conatacto con sus amigos únicamente a través de sus enigmáticas y epigramáticas cartas. La primera selección de su obra, Poems, vio la luz póstumamente en 1890.
Actualizado Miércoles , 25-11-09 a las 10 : 34
«Una carta es una alegría de la Tierra - denegada a los Dioses». Son las palabras de Emily Dickinson, bella descripción del género epistolar, que la poeta (y en este caso también editora, prologuista y traductora) Nicole D'Amonville Alegría ha elegido para dar comienzo a estas «Cartas» (Editorial Lumen) de la poeta estadounidense. Una completa selección de misivas, y a su vez testimonial repaso por la vida y obra de un personaje que practicó la poesía como la condición más elevada del ser humano, punto de (resbaladiza) unión entre el misticismo y la verdad.

Esa verdad tan intangible como perdurable para Emily Dickinson, «algo tan raro que es una delicia decirla», como en su día escribió la poeta a su «mentor literario», Thomas Wentworth Higginson, pues «somos permanentes temporalmente, es cálido saberlo». Y es que, como destaca D'Amonville, «para Dickinson la verdad es seimpre provisional y toda aseveración esconde su contrario». Es uno de los rasgos literarios que la editora advierte con mayor intensidad en la obra de la poeta, a cuyo estudio ha dedicado cuerpo, alma (y mucha tinta) durante los últimos ocho años.

«A medida que iba penetrando en su universo mi sensación era que éste tenía un carácter infinito. Cuanto más entraba, más me quedaba por entender», cuenta D'Amonville, responsable también de la edición y traducción de «Emily Dickinson. 71 poemas» (Lumen). «Emily es muy hermética, tanto en sus cartas como en sus poemas, y mi intención era hacer un libro de referencia para el lector español -la traductora cuenta, no sin cierta tristeza, que hasta la fecha sólo había dos recopilatorios de cartas de Dikcinson en castellano-, que tuviera la sensación de plenitud, de haber entrado en el universo de esta poeta».

Un universo que, palabra tras palabra, (casi) letra a letra (la importancia que Dickinson confiere a la exactitud gramatical puede resultar paranoica para cualquier despistado escritor) fue construyendo en el pequeño y familiar hábitat de la casa de Amherst, un caldo de cultivo de sensaciones que Dickinson abandonaría en (muy) contadas ocasiones hasta que la muerte la visitara con ínfulas destempladas. Nicole D'Amonville pretende, sin embargo, eliminar de su radiografía vital ese halo de «extraña reclusión» que siempre acompaña a la poeta. «Tiene una fama extraña de poeta reclusa, pero estaba totalmente conectada con el mundo».

Original y novedosaDe hecho, lo que más fascina a D'Amonville de la poeta estadounidense es «su absoluta originalidad. No es novedosa, es nueva. Lo pensó todo por sí misma». Rasgos que, tal y como desvelan sus cartas, comparte con dos autoras aparentemente diferentes, Sor Juana Inés de la Cruz y Marina Tsvietáieva. «Aunque Tsvietáieva sea posterior, se parece mucho a Dickinson desde el punto de vista formal y de contenido. Su ritmo espasmódico -es lo que dice Higginson de Dickinson-, su intensidad, son escritoras volcánicas y funcionan por erupciones».

Puede parecer extraño el volumen de cartas que Emily Dickinson escribió (D'Amonville recoge en el libro 101, por aquello de los caprichos del espacio, pero en el camino se han quedado unas cuantas) si se tiene en cuenta lo que en la Historia de la Literatura ha (con)venido a llamarse la «blanca elección». A los 32 años Emily Dickinson, previa conversión al color blanco en sus ropas y atuendos, dejó de recibir invitados y a los que recibía lo hacía con la puerta entornada. D'Amonville explica esta paradoja al afirmar que «intentó demostrar que mediante cartas seguía en contacto con muchísima gente. Ella decía de Shakespeare que era el futuro, pero realmente ella sí era el futuro. Fue mucho más moderna que cualquiera de las muejres actuales».

A D'Amonville le gustaría, con estas «Cartas», desmitificar el calificativo de reina reclusa o mojigata, «pues no lo era. Sus cartas son muy osadas e intensas. Incluso algunas de las que escribió al juez Lord fueron censuradas y no han llegado a ver la luz. No estaba nada reprimida, era apasionada y amaba con locura». Pasión e intensidad que se aprecia no sólo en las misivas destinadas a Lord, sino en las enviadas a su cuñada Susan, a la Señora Holland e, incluso, a sus «primitas» (Louise y Frances Norcross), privilegiadas destinatarias de la última carta de Dickinson: «Primitas, Me reclaman» (fechada en Amherst en mayo de 1886).
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