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Martes , 24-11-09
El pasado 8 de septiembre, Robert M. Morgentau, el «intocable» fiscal del estado de Nueva York, tomó la palabra en un seminario de la Brookings Institution en Washington y lanzó la voz de alarma. «Irán y Venezuela han pasado ya la fase del cortejo y comparten cama». Nacía así para la comunidad de expertos el autodenominado «eje de la unidad» Caracas-Teherán.
Los indicios presentados por el nuevo Eliot Ness son preocupantes. «Desde 2006, asesores militares iraníes han sido empotrados con tropas venezolanas. Y las tácticas de guerra asimétrica de la Guardia Revolucionaria, Hezbolá y de Hamas han sustituido a los manuales de campo del Ejército de EE.UU. como estándar de doctrina militar en Venezuela».
Ahora, la pista iraní llega a Brasil, el país de moda. El gesto de Lula de ser el primer líder extranjero en recibir a Mahmud Ahmadineyad después de aplastar la «revolución verde» es significativo en un mundo en el que las potencias emergentes como India, Brasil, Suráfrica o Irán -aún revestidas de amable tercermundialismo, indigenismo o samba carioca- están moviendo el tablero estratégico.
En un informe publicado el 14 de octubre por el conservador American Enterprise Institute, el analista Roger F. Noriega destaca que «Venezuela está abasteciendo de materias primas cruciales para el cuestionado programa nuclear iraní», y cita en concreto la «aldea nuclear» venezolano-iraní que estaría floreciendo en la remota provincia de Bolívar, rica en minerales.
Casualmente, Brasil es el séptimo país del mundo con mayores reservas de uranio. Bolivia, por su parte, pone litio y gas sobre la mesa. Así, la potencia regional aislada que es Irán busca oxígeno en una nueva Iberoamérica en la que hace tiempo que España y la Unión Europea no controlan ni los actores ni los factores.
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