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No habían pasado ni dos semanas de la primera y única visita bilateral de Zapatero a Israel cuando, el 30 de octubre, trascendía que el primer ministro judío, Benjamin Netanyahu se había dirigido en secreto a su homólogo italiano, Silvio Berlusconi, para pedirle que no ceda a España el mando de la misión militar de la ONU en el Líbano. Los presuntos motivos, la inconveniencia de someter a la Fuerza desplegada a «cambios», en estos momentos en que la situación en el Líbano es «muy delicada», como si la situación en el Líbano hubiera dejado de serlo alguna vez. El Gobierno confió en obtener una explicación más sólida del ministro israelí de Defensa, Ehud Barak, que tenía viaje programado a Madrid para cinco días después. Pero Barak canceló el viaje. «Problemas de agenda», excusó, mientras la Prensa de Tel Aviv daba cuenta del episodio en términos de «serio incidente diplomático» entre ambos países.
Se equivocaron quienes se apresuraron a diagnosticar que los recelos de Israel se habían terminado con el fugaz paso por Jerusalén de un Zapatero que, además, llegaba forzado por las obligaciones de su inminente Presidencia europea. Durante aquel periplo, Simon Peres no dudó en poner al mandatario español en un aprieto al agradecerle en público que el Gobierno haya impedido en la Audiencia Nacional los juicios por crímenes contra la Humanidad contra el Ejército judío. Zapatero calló. Así se las gastan en Israel. Así, aunque nunca decaiga la retórica de elogios a Moratinos, aunque Zapatero haya instituido en España el Día del Holocausto, abierto la Casa Sefarad o insista en renovar el espíritu de la Conferencia de Madrid de 1991.
Si es por Tel Aviv, el Zapatero presidente de la UE no viajará por Oriente Próximo con la autoridad de proclamar que un español manda la misión pacificadora en suelo libanés. Para Israel, Zapatero siempre será el de la kefiya.
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