El declive de la situación de seguridad en Afganistán ha tenido un impacto directo en su vecino Pakistán, y en los dos últimos años más de tres mil civiles han perdido la vida a consecuencia de la violencia, tanto en las siete agencias tribales como en el valle de Swat, escenario de una gran operación militar la pasada primavera.
Son las víctimas de un conflicto en el que 5.552 miembros de las fuerzas de seguridad también han muerto a manos de la insurgencia. El ISI estima el número de rebeldes muertos en 6.252, y ha certificado el origen extranjero de al menos 669 de ellos.
La operación para luchar contra el terrorismo en la frontera afgana moviliza a cerca de cien mil hombres, el máximo posible teniendo en cuenta la amenaza india, que obliga a Pakistán a no descuidar su frontera este.
Los 2.612 kilómetros de frontera con Afganistán discurren entre valles y montañas de más de cuatro mil metros, con lo que resulta imposible el control de la misma e incluso hay varias aldeas que se encuentran repartidas entre ambos países. Hay 821 puestos de control paquistaníes y 120 afganos. Son insuficientes para frenar el tránsito constante de los insurgentes de un lado a otro en busca de seguridad o camino de sus objetivos.
Talibanes paquistaníes y afganos, a ambos lados, tienen en este lugar un centro de operaciones en el que ahora han perdido Waziristán del Sur, agencia tribal (territorio autónomo) en la que el Ejército asegura tener el control de los tres principales centros de población.
No obstante, los mayores focos de la insurgencia se encuentran en Waziristán del Norte, donde el Ejército paquistaní -hoy por hoy- no se atreve a lanzar ninguna operación mayor.


