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La agencia de Inteligencia paquistaní, en guerra contra Al Qaida en la frontera con Afganistán, denuncia el «gran negocio»
«Se acabaron el romanticismo y el halo de guerra religiosa, esto es una cuestión puramente económica, un gran negocio que mueve más de 8.000 millones de dólares al año». El cuartel general de los servicios de inteligencia paquistaníes (ISI, por sus siglas en inglés) es un auténtico fuerte en el centro de Islamabad. Las carreteras de acceso permanecen cortadas, y sus guardias en alerta máxima, ya que la insurgencia ha destrozado con ataques suicidas sus dependencias en Lahore y Peshawar.
«Estamos en guerra», sentencian los responsables de la lucha contra el terrorismo de la inteligencia paquistaní. Lo que los medios ofrecen estos días es la gran ofensiva en Waziristán del Sur, que se inició el pasado 17 de octubre con el objetivo de acabar con Tehrik-e-Talibán Pakistán (TTP), el paraguas bajo el que se refugian los principales grupos insurgentes que desafían a la autoridad de Islamabad. Lo que el ISI muestra son los entresijos de esta última batalla y de una guerra que empezó el 11-S.
En la segunda planta del edificio central del complejo, responsables de la inteligencia reciben a la prensa extranjera para intentar aclarar el papel que su país está jugando en la guerra contra el terror, una «guerra por los recursos» en la que Pakistán se enfrenta a «un crimen muy bien organizado». Los expertos del ISI consultados aseguran que la insurgencia está variando sus formas de financiación, y ahora incluso cuenta con «suicidas en venta, que la gente puede contratar incluso para venganzas personales». Una nueva vía que le podría reportar «más de doscientos millones de dólares al año».
El papel de la CIA
Este fenómeno lo denuncian también periodistas consultados en Peshawar, ciudad al norte del país que ha sufrido siete ataques en las últimas dos semanas. Aseguran que «en algunos casos se trata de simples ajustes de cuentas entre familias, que en vez de usar armas tradicionales, contratan los servicios de grupos de la zona tribal que les proporcionan suicidas».
Este negocio, sin embargo, está muy lejos aún de los 4.000 millones que se estima aporta el narcotráfico; la industria armamentística, más de mil millones al año; a lo que se suman la extorsión, los sobornos, los secuestros y las donaciones de las fundaciones de caridad islámicas nacionales e internacionales.
Los servicios secretos paquistaníes, señalados como los principales intermediarios de Estados Unidos a la hora de diseñar la guerra santa contra la Unión Soviética en los ochenta, en la actualidad colaboran también «muy estrechamente» con la inteligencia norteamericana, que en los últimos meses ha reforzado su presencia en Pakistán y a la que piden abiertamente que transfieran la tecnología de los aviones no tripulados a sus fuerzas aéreas.
«Técnicamente es un buen elemento, pero estratégicamente resulta negativo en un país con una opinión pública antinorteamericana», destacan los expertos en lucha contra el terrorismo que trabajan codo con codo con Washington en cada uno de estos ataques. Gracias a este acercamiento se han logrado éxitos como la muerte del principal líder de TTP, Baitulá Mehsud, y que el número de bajas civiles haya bajado, ya que en las primeras acciones se elevaba a doce civiles por cada insurgente muerto.
Fuera de control
«Más que dinero, lo que necesitamos es tecnología y medios para combatir. Percibimos desconfianza», lamentan los expertos del ISI. Censuran el comportamiento norteamericano en la actual operación en la zona tribal, en la que se facilitaron a las fuerzas paquistaníes equipos de visión nocturna que ahora les exigen revisar cada poco tiempo.
Ante las exigencias de Washington, los oficiales de Islamabad presentan cifras y más cifras para intentar demostrar su gran implicación en la actual guerra, y su cooperación con otros cincuenta países, incluido España. Miran al pasado para recordar que «el extremismo actual es consecuencia de la yihad contra los rusos y el posterior abandono absoluto de estos extremistas, no es un invento del ISI como algunos piensan». El 11-S complicó aún más la situación con la llegada de Al Qaida a una zona tribal que desde 2001 está fuera de cualquier control.
Desde entonces 650 miembros del grupo radical, la mayor parte árabes, han sido detenidos. El efecto llamada entre los jóvenes musulmanes de todo el mundo se mantiene vivo y siguen llegando combatientes al cinturón tribal que une Pakistán con Afganistán.
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