Además de las grandes estrellas, de Gasol, Alonso y Nadal, de las selecciones de fútbol y baloncesto, en España compiten casi 2.000 deportistas al máximo nivel.

La otra tarde en Granada, en el Centro de Alto Rendimiento de Sierra Nevada, el secretario de Estado para el Deporte, Jaime Lissavetzky, lanzó una sentencia al auditorio que lo escuchaba en las jornadas de convivencia del programa ADO. «El deporte español merece el esfuerzo que hacen los patrocinadores». Recibieron el mensaje las empresas que financian la preparación de los deportistas españoles en cada ciclo olímpico, próxima parada en Londres 2012.
De forma inevitable, la percepción colectiva viajó mentalmente al Staples Center donde Pau Gasol se juega las lentejas cada noche con los Lakers, a la factoría de Maranello donde Fernando Alonso comenzará a trabajar con el mejor equipo del mundo -Ferrari-, a Suráfrica, donde la selección española de fútbol nos invitará a soñar este verano en el Mundial, a Roland Garros con Nadal o al Tourmalet con Contador. Sin embargo, no se refería a la elite el secretario de Estado para el Deporte. Se refería a los otros.
En España compiten 1.800 deportistas en la primera línea. Una cifra superlativa que retrata la consolidación de España como potencia polideportiva. Allí donde sólo había fútbol y su poderoso eco mediático, cohabita ahora un potente entramado de deportistas que, por ejemplo este año, ha logrado 23 medallas en mundiales de pruebas olímpicas y 61 finalistas.
«Estamos en el G-8 del deporte», resume Lissavetzky. El salto de calidad parece evidente. España había navegado tradicionalmente por la zona media de los ránkings mundiales (entre los puestos 15 y 20). El último estudio que maneja el CSD revela que nuestro país ha escalado a la novena posición en los deportes olímpicos según la medición de medallas y finalistas. Y con un dato ilustrativo respecto a la paridad: las chicas han saltado del catorce al nueve.
El peso específico de España a nivel directivo fue, años atrás, en el pleistoceno, una cuestión privada de Juan Antonio Samaranch y Raimundo Saporta, dos dirigentes que mandaban con pulso firme y mano de seda. La capacidad de influir en el extranjero siempre fue un lastre que ha seguido hasta nuestros días: Madrid no consiguió los Juegos en dos tentativas, en Italia sancionaron a Valverde y sacaron los colores a los españoles, Natalia Rodríguez perdió la medalla de oro en el campeonato del mundo... También por ahí, el pálpito está girando.
España tiene 517 personas trabajando en los estamentos internacionales. De ellos, tres son presidentes de federaciones internacionales olímpicas (Marisol Casado, en triatlón, Leandro Negre, en jockey sobre hierba, y José Perurena, en piragüismo), cuatro, en federaciones no olímpicas y seis más, en federaciones europeas.
La exigencia que imponen Gasol, Alonso, Nadal, Contador y cía. es tan alta que nuestros dirigentes no podrán llegar a ese nivel en años. A cambio, el CSD y el COE están sembrando. A través de dos programas, el PROAD y la Oficina de Atención al deportista, sociólogos y politólogos asesoran a los atletas sobre cómo desarrollar una actividad académica o profesional durante o después de su carrera como deportistas.



