Las trombas de agua de hace un año evidenciaron el riesgo sanitario del núcleo chabolista más marginal de la región, donde viven más de 400 personas, la mitad menores. Aunque la desolación y la miseria no han variado, los problemas ya son públicos
El paisaje de miseria, desolación y sordidez no ha variado. Es la seña de identidad de El Gallinero, el núcleo chabolista más paupérrimo de la región, junto a la Cañada Real. El entorno se asemeja a un vertedero humano, habitado, además de por decenas de ratas, por el centenar de familias de gitanos rumanos que aglutinan a unas 400 ó 500 personas de las que la mitad son menores, unas cifras que varían por el carácter nómada de esta población.
La amalgama de chabolas destartaladas, recubiertas ahora por enormes lonas publicitarias, están rodeadas de porquería a raudales y niños a medio vestir correteando por allí. Todo sigue igual que hace poco más de un año, cuando dos trombas de agua seguidas anegaron la zona. Su futuro también depende del proyecto de ley de la Cañada Real y, por lo tanto, del desmantelamiento de éste y otros núcleos chabolistas.
Hoy el poblado no chorrea, luce seco y polvoriento, intensificando su cochambre y olor nauseabundo. Cuando el Gallinero se inundó, sus alarmantes problemas de salubridad se agudizaron con charcos de agua estancada y pestilente. A ello se unieron los cables procedentes de los enganches ilegales, que reposaban sobre el barrizal, con el riesgo de electrocución. La gente anónima de la iglesia de Santo Domingo de la Calzada, que lleva años ayudándoles, alertaron de una tragedia inminente.
Doce meses después, ABC acudió de nuevo al lugar y habló con sus habitantes. «Estamos un poco mejor. Han cubierto el suelo con grava para que, si llueve, esto no se enfangue de inmediato», explica Paula Maura, de 40 años, junto a su hijo. Además, los cables están a varios metros del suelo, como las cuerdas de la ropa. Su hermana Cresantina, tuvo que abandonar el poblado, junto a sus hijos y se fue a Barcelona a probar suerte, poco después de lo sucedido. «No tenía dinero para comer. Ahora le va mejor. Ha alquilado un piso», explica. Rumanía, Francia y Gran Bretaña han sido los destinos de los que se fueron. Otros les han relevado.
«Mi mujer no está. Se fue a pedir», explica Daniel. Cuando el Gallinero rezumaba humedad llevaba a uno de sus cinco pequeños en brazos. Hoy, el niño, está en Rumanía con sus abuelos. «Ellos le mantienen mejor. Allí hay más trabajo». La mendicidad es una de sus fuentes de ingresos y de eso se encargan las mujeres. Las ganancias han menguado por la crisis. Y, si antes obtenían quince o veinte euros en cuatro o cinco horas, ahora deben emplear el doble.
Las inundaciones sirvieron para hacer más visibles ante la sociedad los problemas de esta zona de la Cañada Real. Representantes institucionales visitaron la zona y la presencia mediática ha sido constante desde entonces. Lentamente se vislumbran cambios. «El Instituto de Realojo e Integración Social (IRIS) trabaja con la población y elabora un censo», indica Francisco Pascual, otro voluntario. «Tratan de normalizar el empadronamiento y los papeles, que pierden cada vez que un fuego arrasa una favela», agrega Fernández.
Victimización y demagogia
En noviembre pasado se puso en marcha un aula de enlace en Aluche. Educación habilitó un centro con 145 plazas, pero acuden entre 40 y 50 niños de los 67 matriculados. La cifra de los que van a centros ordinarios tampoco es alta. El absentismo es la tónica, y pese a que Cruz Roja trabaja con niños y adultos, es complicado. Mientras que los voluntarios consideran un gueto el centro de Aluche, otras fuentes, como la de Defensor del Menor, lo justifican por el desfase curricular. A veces, los mismos rumanos juegan al victimismo y otras son criminalizados por su aspecto y sufren en carne propia la demagogia.
Montañas de cable robado
Pese a todo, la vida sigue siendo dura. El dinero escasea. Los hombres se dedican a buscar chatarra o a trabajar para los gitanos de la Cañada como albañiles. Eso dice la mayoría. Como Ion. «Saco 30 euros al día». Otros obtienen ingresos de manera ilegal. Nadie habla de ello. Pero una montaña de cable de cobre es la prueba. Las sirlas y tirones son otras variantes en las que a veces participan menores, afirman otras fuentes. «No son problemáticos», indican.
El jueves retiraron parte de la porquería «para denunciar la necesidad urgente de que intervenga el Ayuntamiento. Se alarmaron cuando fuimos a llevar a la Junta de Villa de Vallecas una bolsa con dos ratas capturadas y no se escandalizan de que los niños se críen entre ellas. Es un insulto», explica Fernández. «Somos más solidarios con quien está a miles de kilómetros que con el de al lado».

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