Aunque siempre estaba presente, la impresión decisiva era la de que estaba oculta; detrás o al lado del nombre de Christo figuraba el de Jeanne-Claude. Y, a pesar de esa evidencia, pasaba desapercibida, como si el funesto destino de la mujer fuera estar en la sombra. Sin embargo, su contribución al arte contemporáneo ha sido decisiva o por lo menos tanto como la de su pareja. Juntos hicieron intervenciones extraordinarias que tuvieron una recepción mediática inusual. Aunque algunos de sus proyectos ciclópeos tienen que ver con la modificación de la naturaleza, en última instancia no pueden ser considerados como representantes ortodoxos del llamado land art. Hay algo ambiguo o mestizo, a medio camino del pop expandido y del colosalismo arquitectónico, que dota a las empresas de Christo y Jeanne-Claude de un toque distintivo.
Sin duda, uno de los empaquetados más memorables de cuantos hicieron fue el del Reichstag de Berlín, ese edificio que parecía marcado por el tabú y la amnesia fue recubierto y con ello no desapareció sino, al contrario, se hizo más presente con una contundencia extraordinaria. Baudrillard, con su conocida habilidad sofística, apuntó que Christo y Jeanne-Claude operaban de la misma forma que el mago Copperfield pero con resultados antitéticos: ellos hacían que lo tapado ganara en materialidad crítica, mientras que el ilusionista hacía que las cosas, literalmente, desaparecieran.
Lo que tal vez era menos visible cuando finalmente se materializaba un proyecto de esa pareja de artistas visionarios era el inmenso trabajo de gestión que había detrás. Porque Christo y Jeanne-Claude empleaban una metodología o, para ser más preciso, una estrategia que les permitía sorprendentemente generar los recursos necesarios para que algo complejísimo se concretara. Pienso en el proyecto, por ejemplo, que hicieron en Central Park con ese camino marcado por umbrales que aumentaban el placer del paseo.
Jeanne-Claude tiene, sin duda, un sitio en la historia del arte contemporáneo, al haber sido capaz de desplegar junto a Christo, con una tenacidad inusual, una concepción de la obra de arte más allá de los límites del museo. Modificó la idea del arte público y ahora que ha fallecido tenemos que subrayar su nombre, porque no era ni mucho menos alguien que está meramente al lado, sino la médula de una forma de pensar espacios en los que estar juntos y sobre todo atender a lo que, aunque esté tapado o recubierto, adquiere una importancia incuestionable.


