«Luna Nueva»
EE.UU.
2009
130 minutos
Género: Fantástica
Director: Chris Weitz Actores: Kristen Stewart, Robert Pattinson, Dakota Fanning, Jamie Campbell
Publicado Viernes , 20-11-09 a las 08 : 26
Si ya la primera entrega de «Crepúsculo» se enfrentaba a la dificultad de deshacer todo un catálogo de prejuicios contra su argumento y circunstancias (película de amor desaforado, película de vampiros, película de colegiales, película para críos, película basada en best-seller...), esta segunda se enfrenta, además, al lógico prejuicio de ser una triste secuela y de llevar, encima, el mismo título en castellano que la obra maestra de Howard Hawks sobre el vampirismo periodístico. Con tanto de antemano en contra, no es fácil ver en ella lo que de genuinamente singular y ejemplar tiene.
El romance de Bella Swan, mortal y rosa, y el vampiro vegetariano Edward Cullen adquiere ya unos tonos melodramáticos a lo Douglas Sirk (la pasión, la renuncia, la desesperación), con lo que el director, el recién llegado Chris Weitz, decide alterar el plato de la otra balanza: ocupa el papel casi protagonista el otro joven, Jacob, un indio Quileute, que le disputará al vampiro como un lobo el amor de Bella. Cabalga, pues, igualmente desbocado el romanticismo que le da espina dorsal a toda la historia.
Sin duda, «Luna Nueva» pierde algunos de los enganches que tenía la primera, como la sorpresa y el trazo de los personajes: nadie se sorprenderá ya con la pose «cool» de la familia Cullen, unos vampiros solidarios, familiares, positivos, que respetan la sangre de los demás y que, aunque pálidos como un albino estreñido, se muestran a la luz del día, salen en las fotos y no les espanta el olor a ajo más que a cualquier otra persona educada.
También se entretiene demasiado en los ardores y en los suspiros de ausencia de la pareja, y la trama con los lobos Quileute no es tan atractiva como la línea principal: ellos dos. Se estanca, sí, pero, a pesar de estos desgarros, «Luna Nueva» mantiene e incluso amplifica eso que tenía de singular y ejemplar:
Tanto el personaje de Edward Cullen, como su «padre» y el resto de su familia, son un calculado compendio de virtudes; las tienen todas, desde la humildad, a la templanza, la diligencia o incluso la castidad... Y el amor devorador entre la pareja protagonista responde a un esquema de romance tan desfasado, tan a la antigua, que convierte en aún más sorprendente su impacto no sólo estético sino también ético en las nuevas generaciones, supuestamente tan ligeras de cascos. Del mismo modo, la película subraya otros aspectos -tan en desuso entre los jóvenes como la corbata o el refajo- como la fidelidad, la coherencia, el valor (los valores), la renuncia…, en fin, que es como si les hablaran en otro idioma, pero milagrosamente se hacen entender, incluso imitar. Las interpretaciones son exhibicionismo puro, subrayado por la (torpe) cámara del director con posados de gimnasio y cámara lenta; pero consideremos eso accesorio y esencial lo otro: su inyección ética.

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