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Jueves
, 19-11-09 a las 13
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Cualquiera que escuchase las invocaciones del jefe del grupo socialista en el Parlamento Europeo, Martin Schultz, reclamando que el vicepresidente de la Comisión y Alto Representante debería ser un socialista, recordará que sonaban como una amenaza: su “debe ser un socialista” era equivalente a decir que de otro modo la Comisión Barroso II no saldrá viva del Parlamento Europeo. ¡Qué tiempos aquellos! Comparados con hoy, el día en el que los jefes de Estado y de Gobierno se reúnen en Bruselas para designar a los dos cargos que crea el Tratado de Lisboa -el Presidente permanente del Consejo y el Alto Representante- y la principal dificultad es encontrar un socialista para rellenar el compromiso.
En Europa ya hay pocos gobiernos socialdemócratas y los pocos que hay concitan todas las contradicciones posibles para aspirar al cargo, mientras que los gobiernos conservadores y liberales se resisten a entregar un puesto tan suculento a un miembro de la oposición.
El caso más evidente es el de Alemania: el ministro de Exteriores saliente, Franz-Walter Steinmaier, socialdemócrata, hubiera sido un excelente Alto Representante...si la canciller Merkel quisiera prescindir de un puesto de comisario para alguien de su propio partido. Entre los gobiernos socialistas de Europa, dos de los casos más claros son los de España y Portugal, porque no se ha visto nunca que a un responsable europeo (Javier Solana en este caso) le suceda alguien de su propio país y el hecho de que Moratinos haya emergido como un posible aspirante al puesto de Alto Representante no hace sino demostrar que las lista de posibilidades es muy corta.
Siendo el presidente de la Comisión portugués, el vicepresidente y Alto Representante difícilmente puede ser otro ibérico y mucho menos un portugués. Las versiones de que Moratinos puede ser el próximo Alto Representante parecen ideadas más por sus enemigos dentro del Ministerio que por los estrategas del gobierno.
Queda Gran Bretaña, donde los laboristas están en el final de sus días como mayoría y están pensando antes en su futura reconstrucción que en el porvenir inmediato de Europa. Ellos son los que más posibilidades tendrían porque el primer Ministro Brown y su responsable de Exteriores, David Miliband tienen ambos fecha de caducidad fijada en la próxima primavera. Solo ellos saben por qué se empeñan en que sea Blair el presidente a pesar de que los demás socialistas europeos lo detestan, con lo que anulan sus propias posibilidades.
El italiano Massimo d'Alema es el único caso en que un gobierno conservador (conservador-populista en este caso) como el de Berlusconi no ha tenido reparos en apoyarle tal vez pensando en seguir destruyendo a la oposición de izquierda en Italia. Pero su pasado como comunista lo hace indigerible para los países del este, donde el recuerdo aun reciente de las dictaduras no permite bromas con estos detalles.
Se puede mirar a Austria, donde los socialistas gobiernan en coalición, pero las posibles proposiciones, la ex ministra de Exteriores Ursuyla Plasnik o la comisaria de Relaciones Exteriores Benita Ferrero no son socialistas. En Grecia están instalándose y en Hungría los socialdemócratas están a punto de caer, pero ni unos ni otros han podido proponer políticos capaces de entusiasmar a los corredores de apuestas. Los socialistas europeos querían el puesto, pero hubieran hecho mejor pensando primero si tenían verdaderos candidatos.



