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Rosa Vives tenía 49 años cuando le diagnosticaron uno de los cánceres de mama más agresivos. No tenía molestias en el pecho ni tampoco, aparentemente, ningún quiste. En cuestión de minutos, su vida dio un vuelco radical y de ser una mujer sana y sin problemas se convirtió en una persona enferma, con fecha de caducidad. «Entré en la consulta a realizarme una mamografía rutinaria y salí con una biopsia y un diagnóstico nada alentador», afirma Rosa en declaraciones a ABC. Ahora, nueve años después y plenamente recuperada, Rosa tiene claro que le debe la vida a una mamografía. «Estoy viva gracias a ella», afirma con contundencia Su testimonio es el de muchas mujeres que, gracias a la prueba, pudieron abordar su enfermedad de manera precoz y superarla. Rosa, tratada con un nuevo sistema combinado de quimioterapia, está convencida de la necesidad de la prueba.
A Beatriz le salvó la vida una mamografía realizada a los 41 años. Un año antes, su ginecólogo desechó la idea de hacer esta prueba pese a sus antecedentes familiares. «He pasado un proceso muy duro, pero he aprendido a cuidarme, a quererme y a relativizar: ahora sólo me preocupo por lo importante».
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