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Cuando se cumplía una semana del pacto de silencio impuesto por el Ejecutivo de Zapatero, los familiares de los tripulantes del «Alakrana» retomaron el contacto con los medios para compartir la noticia
«Espero que no vuelva a la mar»
«Quizás por la frustración de pensar que el Gobierno central no estaba haciendo lo suficiente, antes realmente tenía más labia a la hora de hablar con los medios. Porque ¡vaya! hoy por primera vez después de 47 días de tensión, tengo que confesar que me he puesto nerviosa». Silvia Albés, pontevedresa de 32 años, cuenta las horas para reencontrarse con su marido, Pablo Costas, y se muestra rotunda al matizar que «si de mí dependiera no volvería a la mar».
En su casa de Mañufe, la sonrisa no se le borra del rostro. Tras acostar a su hija de dos años, por la noche atendió de nuevo a la prensa en su domicilio. En su conversación con ABC, confesó que se había enterado de la noticia de la liberación del «Alakrana» en sus clases del centro de estética al que acude cada mañana, al recibir mensajes de felicitación en sus dos móviles. «No os miento, os puedo decir que he contabilizado más de 400 llamadas».
Pudo hablar con su marido por la tarde, una conversación muy breve en la que le preguntó «si estaba bien». Al contarlo, le embarga la emoción y entona un «le voy a comer a besos». Sobran las palabras y se olvida de las cámaras. Pese a la repercusión mediática que la mantuvo pegada al teléfono el día entero, encontró tiempo para llevar a su hija al parque y telefonear a sus compañeras de fatiga, Belén Costas, esposa de Joaquín Fernández, y Cristina Blach, hija de Ricardo, el patrón del atunero vasco.
La joven periodista de Televisión Española, en Asturias, salió unos segundos a la puerta de su casa familiar en Bayona para compartir su alegría con los compañeros allí congregados. «Ahora sólo queda esperar que lleguen bien; hay que seguir faenando en el Índico», comentó en una breve intervención.
Antonio Costas, hermano de Pablo y cuñado de Silvia, con todo lo grande y corpulento que es no fue capaz de contener las lágrimas. También marinero de profesión le tocaba relevar a su hermano a bordo, y ha vivido este secuestro en propia carne. Prefiere no hablar por el momento, y esperar a su hermano para fundirse en un abrazo.
No saben, ni les importa, si se ha pagado o no el rescate, ni siquiera la cantidad. «No nos lo creíamos, ni pensábamos que iba a ser hoy, nos quedamos flipando al conocer la noticia». Estas eran las palabras de Belén Costas, una vez la armadora y el Gobierno le confirmaban la liberación.
Lágrimas de felicidad
En Bermeo, localidad vasca a la que pertenecen otros tantos marineros del Alakrana, se repetían las imágenes. La tensión y angustia de todos estos días de cautiverio daba paso a las lágrimas, en esta ocasión de alegría, y los abrazos de solidaridad, a los de felicitación.
En una conversación de apenas un minuto de duración, el capitán del barco,Iker Galbarriatu, pudo transmitirle a su hermana que estaban «emocionados y aliviados», razón suficiente para que sus familiares estuvieran de celebración. «Hoy es un día especial. Lo primero será acogerles en casa y darles cariño», aseguraba Argi.
Por su parte, María Ángeles Jiménez, esposa del tripulante Gaizka Iturbe, una de las voces más críticas hasta el momento por la actuación del Ejecutivo, que incluso llego a pedir responsabilidades políticas, si a su marido o a alguno de sus compañeros le pasaba algo, afirmaba que «hoy es un día súperfeliz para todos, para los 36 marineros del Alakrana y para los miles que están detrás».
Ahora sólo queda esperar su regreso, previsto en principio para el viernes, y que pronto puedan olvidar la pesadilla vivida durante su cautiverio en el Índico.
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