El régimen chino prohíbe las camisetas que retratan al presidente de EE.UU. como un «guardia rojo» š Tocado con una gorra bolchevique, Obama se parece al «Gran Timonel»

Comunismo y capitalismo se mezclan, a partes desiguales, en la nueva China del crecimiento económico y el progreso, donde cualquier oportunidad es buena para hacer negocio. Y más si quien viene a Pekín es Barack Obama, el hombre más poderoso del mundo desde que se convirtió en el primer presidente negro de Estados Unidos.
Pero, como ya dijo Deng Xiaoping, «blanco o negro, lo importante es que cace ratones». O que venda camisetas, que es lo que se le ocurrió a Liu Mingjie, un avispado comerciante que se atribuye la paternidad del «Oba Mao». Así se conoce al retrato que, al más puro estilo «kitsch» de la propaganda comunista, caracteriza al inquilino de la Casa Blanca como uno de los «guardias rojos» que sembraron el caos durante la «Revolución Cultural» y, tocado con una gorra bolchevique, le da un aire al mismísimo Mao Zedong.
Inspirado en el famoso icono «pop» creado por el «graffitero» de Los Ángeles Shephard Fairey, que a su vez se basaba en la propaganda socialista y popularizó aún más la figura del candidato Obama, la versión «made in China» fue impresa en miles de camisetas. Días antes de la llegada del mandatario norteamericano, dichas prendas se vendían como rosquillas a los turistas que acudían al popular Mercado de la Seda, la meca de las falsificaciones en Pekín.
Alguien de las alturas
Pero pronto a alguien en las alturas le pareció que, ni siquiera como «souvenir» hortera, estaba bien eso de travestir al «líder del mundo libre» en el «Gran Timonel» - o viceversa -, así que la Policía retiró de inmediato de la circulación las polémicas camisetas. «Oba Mao» está siendo tan perseguido por los agentes que hasta han llegado a detener a una reportera de la televisión americana CNN que estaba grabando un reportaje sobre dicha prenda en un centro comercial de Shangai.
Menos problemas ha tenido la estatua incandescente de Obama del artista Liu Bolin, que arde en llamas cada dos minutos para mostrar la energía que desprende el presidente estadounidense, protagonista de esta nueva «Revolución Cultural», o al menos comercial, que ha desatado su visita a China.



