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Martes , 17-11-09
DESPUÉS de la Convención de Barcelona es obvio que, para el señor Rajoy y sus aláteres, el camino de vuelta hacia el poder pasa por encarnar el mal menor frente a un gobierno maligno hasta las cachas. Las cartas están sobre la mesa y, a despecho de indómitos, «torracollons» y atravesados, no cabe llamarse a engaño. Ha llegado la hora de abandonar el perfil bajo (o sea, el «low profile», como apostillaría Pedro Arriola para justificar sus honorarios) y poner de relieve que el ser corto de talla constituye, de largo, una ventaja. Si elevas el listón de la exigencia alguien te acusará de subirte a la parra. Si levantas la voz, te tildarán de autoritario. Si acaso no te arrugas, pecarás de estirado. En un país en el que, de un tiempo a esta parte, únicamente crecen el paro y los enanos, la meta, por lo visto, sólo se alcanza a gatas.
Cuando un partido arrumba las ideas y tira del catálogo de los ideales, es porque aquellas brillan por su ausencia y éstos, a fin y al cabo, son de balde. Si duda tiene guasa que PP haya estado tres días en la Diagonal dedicado a salir por la tangente en las cuestiones esenciales y haciendo filigranas con la geometría variable. Eso por no cebarse en la gloriosa estampa de Rajoy subiendo el Tourmalet en una bicicleta estática. ¡Menudo escalador! (De los trepas ni hablamos). Las anécdotas aflojan la sonrisa pero no disimulan la magnitud de la charada. Incluso al Santo Job -que, por cierto, no era un santo- se le hubieran llevado los diablos al contemplar el espectáculo de una supuesta oposición subastándose a si misma en el mercado. Ungiendo con saliva perfumada a los que la han acribillado a salivazos. Haciéndose lenguas del «bilingüismo integrador» y otras majaderías integrales. Sugiriendo a Montilla que, en un momento dado, todo el monte podría ser orgasmo. Lidiando la alimaña estatutaria con una quietud que aúna la pachorra y el pasmo. El gallego y su cuadrilla, vamos. Aunque, bien es verdad que, en el cuento de Cela, el diestro se afeitaba.
Es una lástima que Mariano Rajoy, antes de dar golletazo a la «trobada», no fuese de excursión a la montaña mágica. Luego de setenta y dos horas de salmodias beatas, cantarle el «Virolai» a la Mare de Deu no le costaba nada y el detalle, por contra, tendría un valor incalculable. «Rosa d´abril, Morena de la serra, / de Montserrat estel: / il.lumineu la catalana terra / guieu-nos cap al Cel». Mira que es fácil. Con el auxilio de la Virgen y con mosen Cinto Verdaguer dando lecciones de bilingüismo aglutinante, el famoso decálogo redimiría de inmediato a infinidad de almas. Por otra parte es lógico que la derecha impermeable -la que daría lo que fuera con tal de no mojarse- considere que un templo mariano es una imperdonable redundancia. En cuanto a los paralelismos bíblicos, el principal obstáculo es que al señor Rajoy mentarle un testamento equivale a mentarle a sus antepasados. Los testamentos ni un pintura. Ni el nuevo, ni el antiguo, ni el maduro interesante.
Al margen de los diez puntos de sutura que se merece el responsable de esa consagración del eufemismo, la ambigüedad meliflua y la pacata equidistancia, a la ciudadanía le corresponde ponderar si merece la pena rendirse de antemano e hipotecar la victoria chalaneando con truhanes. Ya que la alternativa a lo peor no va más allá de lo menos malo tendremos que amolarnos. Paciencia y barajar. Mas, ¿y si se rompe la baraja?
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