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Martes
, 17-11-09 a las 20
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Consciente de su imparable crecimiento económico y su cada vez mayor influencia diplomática, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, ha formalizado hoy su “matrimonio de conveniencia” con el régimen chino. Y es que Washington y el resto de la comunidad internacional necesitan al gigante asiático, que va camino de convertirse en la segunda potencia del mundo, para seguir saliendo de la crisis y solucionar problemas como las aspiraciones nucleares de Irán y Corea del Norte o el cambio climático.
Todo ello pese a las notables diferencias entre ambos, sobre todo en derechos humanos y la situación del Tíbet, que quedaron patentes en la plúmbea comparecencia que protagonizó Obama junto a su homólogo chino, Hu Jintao, tras reunirse durante dos horas en el Gran Palacio del Pueblo de Pekín.
Ante cerca de 200 periodistas, y sin aceptar preguntas, ambos mandatarios leyeron sendas declaraciones donde expusieron sus coincidencias, pero también dejaron entrever sus diferencias. Tal como recoge la declaración final conjunta, los dos países reconocieron que la principal divergencia se refiere a los derechos humanos en China, por lo que convocaron una ronda de diálogo en febrero del próximo año en Washington para acercar posturas.
“Todos los pueblos y minorías tienen inherentes unos ciertos valores universales, que no son principios exclusivos de EE.UU., sino de todos los países”, volvió a insistir Obama ante un impertérrito Hu Jintao que ni siquiera pestañeó.
A cambio, y como mandan las normas de la diplomacia, el presidente norteamericano tuvo que volver a comprometerse públicamente con el principio de “una sola China” y la integridad de su soberanía territorial para rechazar la independencia de Taiwán y del Tíbet. No obstante, Obama instó al presidente chino a retomar el diálogo con el Dalai Lama, considerado un terrorista separatista por Pekín. De esta manera, ambos dirigentes salvaban la cara ante sus respectivas audiencias con tan espinosos asuntos.
Los grupos defensores de los derechos humanos habían criticado a Obama por modular su discurso ante la represión que sufren los disidentes políticos en China y la persecución contra los seguidores del Dalai Lama, a quien no quiso recibir durante su última estancia en Washington para no enojar al régimen de Pekín.
Todo un agravio para Obama, quien, al igual que el Dalai Lama, ha sido galardonado con el Premio Nobel de la Paz por abanderar los más elevados ideales de justicia, pero debe plegarse con pragmatismo a los intereses que dicta la diplomacia para alcanzar acuerdos de índole planetaria con la emergente China.
Entre ellos, figura la reducción de emisiones contaminantes a la atmósfera en la lucha contra el calentamiento global, que tiene una cita decisiva el próximo mes de diciembre en la conferencia internacional de Copenhague auspiciada por la ONU. “Nuestro objetivo allí no es un compromiso parcial o una declaración política, sino un acuerdo completo que cubra todos los aspectos de la negociación y tenga efecto inmediato”, apostó Obama con más buenas palabras que intenciones reales. Debido a la falta de consenso en el último Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico (APEC), que incluye a 21 países tan importantes y diversos como EE.UU., China, Rusia, Japón, Indonesia, Australia, Canadá o México, todo indica que la cumbre de Copenhague no alumbrará un programa concreto de reducción de gases de efecto invernadero para prolongar el Protocolo de Kioto, que expira en 2012.
En el plano internacional, el inquilino de la Casa Blanca advirtió a Irán de que “habrá consecuencias si no se muestra transparente y demuestra que su programa atómico tiene carácter pacífico”. Además, instó a Corea del Norte a volver a las conversaciones a seis bandas de Pekín sobre su desarme nuclear si quiere “evitar más aislamiento y volver a reintegrarse plenamente en la comunidad internacional para que su pueblo viva mejor”.
Por su parte, Hu Jintao se mostró más comedido con el régimen de Teherán, uno de sus principales de petróleo, y abogó por “una solución diplomática basada en el diálogo”.
Intereses económicosEn el aspecto económico, EE.UU. confía en nivelar su balanza comercial con China, que el año pasado registró un déficit de 268.039 millones de dólares (181.439 millones de euros) pese a la caída de las exportaciones por la reducción del consumo en Occidente tras la crisis. Como en anteriores ocasiones, el régimen de Pekín volverá pronto a tirar de chequera firmando contratos multimillonarios con empresas americanas de infraestructuras o comprando decenas de aviones. Pero de momento no tiene intención de apreciar su moneda nacional, como le pide la Casa Blanca al acusarlo de mantener el yuan infravalorado.
A su favor, el régimen chino cuenta con que es el financiador de la Casa Blanca, ya que sus reservas de divisas, las mayores del mundo con 2,13 billones de dólares (1,4 billones de euros), guardaban en julio 800.000 millones de dólares (541.495 millones de euros) en bonos del Tesoro emitidos por la Reserva Federal. Un importante capital que China no quiere que pierda valor, por lo que está presionando a Washington para que no lleve a cabo una bajada de los tipos de interés.
Al hilo de las últimas guerras comerciales desatadas por la imposición de tarifas arancelarias a las ruedas y tubos de acero procedentes de China, Hu Jintao rechazó “cualquier forma de proteccionismo” y abogó por “una mayor cooperación económica porque será buena para ambos países y el resto del mundo”.
Y con un fuerte apretón de manos ante las cámaras, Obama y Hu sellaron su alianza por necesidad antes de que el presidente estadounidense se fuera a hacer un poco de turismo por la Ciudad Prohibida.




