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Lunes , 16-11-09
Nunca he visto en la noche a los zorzales de oído. Quiero decir que es con este viento del suroeste que sopla ahora mismo y que tiene ráfagas que hacen que caiga la lluvia del cielo y de las ramas de los árboles, con el que llegan de noche los zorzales, porque son estos pájaros que vienen del norte de Europa como los aviones, que para despegar necesitan el viento en cara. En la oscuridad se llaman unos a otros con la luz de su voz, una suerte de silbido, de bisbiseo, que hay un señor que oye en la noche todos los años junto al faro de Santander y después se va a su casa a dormir más contento que nadie en el mundo porque escuchó llegar a los malvises, que es así como también se llama por su canto, malví-malví-malví, a los zorzales.
Después caen sobre los campos como las bandadas de hojas, y aún hay quien hoy los persigue entre los algarrobos y los olivares, o como en el siglo XVI, en los viñedos con uvas. Son frugívoros. Suelen llegar cuatro especies distintas, la más grande es el zorzal charlo y el resto son del tamaño del mirlo, y todos tienen el pecho claro moteado con pintas como si al salir de los olivares, se hubieran manchado de aceite. Pero también comen frutos silvestres. Es el zorzal un ave literaria. Come y dispersa el fruto de los espinos, a los que Proust adoraba. Y ya no se sabe si los setos están ahí porque alguien los plantó para dividir las fincas o fueron aumentando con las visitas otoñales de los zorzales. Dicen que también se les oye romper caracoles contra las piedras, pero ahora engullen frutos y llevan sus semillas a otra parte. Son pájaros sembradores.
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